jueves, 22 de noviembre de 2012

Cocinando palabras

Leí anoche, a última hora ya, este texto de Arturo Perez Reverte de su página Novela en construcción (donde ha explicado muchas cosas sobre la novela que acaba de publicar) y no he podido evitar sentirme identificada. Más ahora que estoy con la corrección del relato de Princesa. 

Lo que él explica brevemente me pasa mucho a mí y sé que se me nota, porque repito mucho las palabras o redundo mucho en las frases. Pero estoy segura de que a todos los que escribimos, nos ocurre exactamente lo mismo.

En ese caso, la corrección es importante pero siempre después de escribir el texto en cuestión. Yo tuve una racha en la que lo hacía sobre la marcha y no hay peor forma de matar las ganas de escribir o la inspiración que ese perfeccionismo. Siempre queda tiempo después de corregirlo y mejorarlo hasta que quede bien.

No siempre las imágenes o las palabras pasan con facilidad de tu cabeza al papel. Escribir es un continuo recurso a la herramienta adecuada. A más herramientas, más posibilidades. Más eficacia. Cuando era joven y sólo lector, tenía al castellano, o español, por la lengua más rica y perfecta del mundo. Sin embargo, cuando llevas cuarenta años enfrentado al problema de contar las cosas con palabras, comprendes que ninguna lengua es perfecta. Que el español tiene tantos agujeros y carencias como las otras grandes lenguas. A veces, corregir un párrafo o buscar la palabra que dé variedad y originalidad al texto, contar las cosas con naturalidad y limpieza —ése creo que debe ser el objetivo principal: naturalidad y limpieza—, es difícil. Faltan herramientas. 

En ciertas ocasiones, los recursos técnicos del español son insuficientes para determinadas cosas. Encontrar palabras —del tipo “chapotear”, “estampido” o “crujir”, por ejemplo— que evoquen sonidos es menos frecuente que en inglés. 

En otros momentos es difícil evitar varias palabras próximas que terminen en “ado” o “ía”, o combatir el exceso de tiempos verbales como “pasó”, “cogió”, “lloró”. 

Para la acción de caminar, por ejemplo, el español ofrece “anduvo” o “fue”, además de “caminó”. Pero para otros casos no hay manera. Por no hablar de los nefastos gerundios, o la guerra que un escritor debe librar contra las palabras terminadas en “mente”. 

O, al manejar diálogos rápidos, la necesidad molesta de repetir “él” “ella”: “ella dijo”, “él respondió”. Algunos momentos de la escritura son una lucha por dar variedad a ese tipo de recursos: “repuso”, “consideró”, “concluyó”, “expuso”, “resumió”, “objetó”, “admitió”, “apuntó” etc. Sin embargo, como se ve, la mayor parte acaba en “ó” acentuada; y eso obliga a una segunda búsqueda de expresiones complejas. 

Por eso, corregir es siempre peor que escribir. Más duro y agotador. A tu novela no acabas odiándola mientras la escribes, sino mientras la corriges. Tus carencias, añadidas a las naturales de la lengua que manejas, te saltan a la cara de forma desoladora.

Y todo eso, para intentar que el lector pase por esas líneas, en cuya lectura invertirá medio minuto, sin fijarse en otra cosa que en lo que le cuentas. Procurando que el objetivo de tu trabajo sea precisamente ése: que el trabajo no se note mientras te leen. Que las palabras sean sólo herramientas fluidas y eficaces. Si un lector de novela se detiene a saborear la manera en que tu texto está escrito y deja de prestar atención a lo que le cuentas, como escritor podrás envanecerte, pero como novelista serás un desastre. Una novela sólo tiene razón de existir cuando tiene algo que contar. Lo demás sólo ayuda a ello. Ésa es una de las pocas certezas que adquirí en este oficio.

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