lunes, 9 de julio de 2012

Princesa I

Desde hace algún tiempo creé la etiqueta (que ha sustituido a la anterior que existía similar porque cumple una misma función) de Novelando y he estado publicando fragmentos de las novelas que he estado teniendo en mente desde que vi las bases de concursos de novela a principios de año. Para ser sincera, tenía clara cual iba a ser la novela que escribiría hasta que hace unos meses, tuve la idea de esta historia. En principio, la idea nacía para ser un simple relato corto y con un motivo muy especial. Al final, conforme la fui escribiendo, más ideas se me fueron ocurriendo y más volumen y forma iba adquiriendo el relato y el total es de unas cuarenta o cincuenta páginas que estoy terminando de corregir ahora mismo. Viendo que, aún terminado el relato, me daba para mucho más, decidí que escribiría la novela sobre esta historia.


Sin embargo, cuando he empezado a trabajar en ella, me he dado cuenta de que aún tengo mucho camino por delante, mucho tiempo y dedicación que no puedo darle ahora. Es una historia de fantasía y estas historias requieren algo de más tiempo y dedicación que otro tipo de historia historias. Aparte de que, aunque me gusten, creo que me queda recorrido para escribir una buena historia. 


Como resulta que lo que me falta es precisamente tiempo, no puedo escribir ni la novela de esta historia, ni de ninguna otra en realidad, con lo que no llegaré al concurso. Y como no sé lo que pasará de aquí a unos meses, si volveré a ver algún otro concurso, si tendré tiempo o estaré trabajando... pues he tomado la decisión de que este relato vea la luz.


¿Por qué? Porque probablemente las novelas las acabe haciendo públicas aquí mismo. No creo que todas, puede que ésta, puede que la de Soulmate (la que tenía en mente en principio) o incluso la primera que escribí. Será algo que medite con el tiempo...

Así le doy mucha más vida al blog, tanto con este relato, como con las novelas. Últimamente he visto muchas plataformas e iniciativas (de una de ellas ya hablaré próximamente aunque ya hay un banner a la izquierda...) enfocadas a toda clase de artistas y el blog o página web suele ser una referencia para el perfil. No es que el mío esté mal del todo (le haría falta un buen rediseño) pero hace tiempo que no publico un relato o algo de más extensión. Y este relato y algún que otro más, ayudará a ello.

No me enrollo más y os dejo la primera parte de un relato que lo tomo como capítulo piloto de lo que será la novela en un futuro

Relato que por cierto, sigue teniendo su dedicatoria especial... sé que así llegará donde tiene que llegar...


Imagen encontrada en Abduzeedo


Casi no se lo podía creer. Estaba allí como siempre había hecho. La acababa de rescatar de las garras de ese monstruo, salvándole la vida. Después de lo que había pasado, era lo último que esperaba.

Estaba disfrazada de bandido, perfectamente caracterizada con su bigote artificial, un corsé apretado que debajo de la camisa, disimulaba sus formas y se había rapado el pelo, deshaciéndose de sus rastas. Había estado en la maldita fiesta organizada para el duque de Bonaventura... pendiente de ella, sin que lo supiera. A pesar de todo.

Jamás se había alegrado tanto de que Raine la desobedeciera.



*



Como todas las mañanas, dos veces a la semana, Raine esperaba junto al acceso de palacio que llevaba al grande y hermoso jardín que los jardineros de la princesa Carisa llevaban cuidando con mucho mimo durante muchos años.
Todas las primaveras recordaba con una sonrisilla las escépticas palabras de su padre cuando Carisa se mudó allí para tener su propia independencia.
-Mejor destruye todo y construye un invernadero. O cualquier otra cosa. Pero lo que queda de ese jardín... es imposible que vuelva a ser el que era antes.
Carisa, cabezota como ella sola, contrató a los mejores jardineros de todo el reino de Amaranta y cuatro años después, lucía como probablemente nunca había lucido, con numerosas especies únicas que Carisa enviaba a buscar. Disfrutaba con la jardinería, había leído mucho sobre ella y siempre había soñado con tener su propio jardín. Una de tantas pasiones, de las que sus padres no conocían ni la mitad.
-¡Buenos días Rai!
La saludó alegremente nada más llegar, seguida de dos doncellas que intentaban terminar a la carrera, como cada día, lo que nunca lograban: ayudarla a despertar, vestirse, asearse y peinarse. El problema, además de una apretada agenda, era que Carisa no era una chica cualquiera y con el paso de los años había convertido su rutina en un juego. Y la mayoría de sus sirvientas, provenientes de su familia, eran demasiado torpes (o tontas) como para cambiar su quehacer e incluso divertirse con ello.
-Buenos días, señorita...-saludó con una suave inclinación.
-Gzzzzz...sabes que odio que hagas eso-respondió ceñuda, luego con un gesto de la mano obligó a retirarse a las desesperadas doncellas.
-Sabes que estoy de servicio-susurró mientras se adentraban al jardín, por el sendero principal.

Como siempre, ambas compartían un largo paseo, de una hora, por el jardín, sin más compañía que ellas mismas. Uno de los pocos momentos que compartían como amigas, cuando se hablaban sin tanta respetuosidad, ni había cabida para protocolos. Además, descubrían juntas, cada día, nuevos secretos y rincones hasta llegar a la pérgola, lugar donde desayunaban juntas.

Raine pertenecía a la orden de Caballeros y era el de más alto rango en palacio. El Caballero Guardián. La protectora que estaba siempre con ella para velar por su bien y su seguridad. Pero también era su mejor amiga.

Se habían criado juntas, casi desde bebés, sin ser conscientes durante mucho de que sus destinos estaban unidos desde que nacieron.

Raine provenía de un antiguo linaje de caballeros y paladines al servicio de la nobleza de Amaranta, que en las últimas generaciones lograban el rango de Guardianes y trabajaban para los reyes. Era además, una de las pocas mujeres que obtenían tal honor porque Raine, desde que comenzó su entrenamiento, demostró su valía. Mucho más que en otras labores más propias de mujeres. Así, con dieciséis años se convirtió en Caballero y a los dieciocho, era el Caballero Guardián de Carisa.

Carisa era la única hija de Jacob e Isolda, los reyes de Amaranta. La princesa heredera del trono, preparada para ser capaz de tomar el mando llegado el momento. Una mujer de bien que debía de cumplir su papel igual o mejor que sus padres... el problema es que Carisa era cualquier cosa menos una princesa normal y corriente, algo que demostró desde pequeña. Una chica rebelde y problemática que sus padres intentaron domar con todos los métodos posibles, sin éxito.

-¿Sabes? Dicen que la Belladona está en Lillya-le contó Carisa con fingida inocencia mientras desayunaban-podríamos invitarla a palacio. Sería un bonito reencuentro y le podría pedir disculpas
-Sí, desde luego-concedió Raine.
Cuando se miraron a los ojos no pudieron evitar soltar una carcajada y no parar de reír en un buen rato, asustando a los pajarillos que pululaban a su alrededor.

Los reyes probaron con diferentes maestros e institutrices y todos acabaron renunciando. Intentaron forzarla a hacer migas con distintas chicas de su edad, hijas de duques y barones y amigos de la familia, para intentar que las amistades influyeran positivamente en ella. El resultado acababa siendo incluso peor que con los educadores.
Carisa tenía tendencia a gastarles bromas macabras a las invitadas, después de contarles todo tipo de historias de miedo. La más sonada y la que provocó que sus padres no volvieran a traer a nadie más, fue la que le gastó a Erika Belladonna.

Así que cuando cumplió la mayoría de edad y Carisa decidió que quería independizarse, desistieron de hacerla cambiar. Su padre accedió a cederle (y a regañadientes) el palacio y los terrenos que pertenecieron a uno de sus mejores caballeros, que pasó los últimos años de su vida en Lillyan, la ciudad que quedaba más cerca de Glaedwine. Confiaban en Raine, que por supuesto la acompañaría en su aventura y en que Carisa volvería a palacio con el rabo entre las piernas. La veían incapaz de salir adelante sin la orientación de sus padres o de otra persona madura a su lado...

...evidentemente llevaban cuatro años sin admitir que se habían equivocado.

En ese tiempo había sido capaz de levantar el palacio de nuevo, rehabilitándolo y cambiándolo a su gusto, de tener su propio personal (pocos quedaban ya de los que habían enviado sus padres) y de tener una buena vida, propia (a su parecer) de una princesa. Incluso poco a poco, dejaba de tener dependencia económica de ellos.

-Siento interrumpirlas señoritas.
-Buenos días Mikko-el mayordomo, como acostumbraba, apareció de la nada, con su rostro inexpresivo tras sus pequeñas gafas-¿que te trae por aquí tan temprano?
-Buenos días-contestó-ha llegado un joven que dice ser mensajero de su padre. Es urgente.
Carisa lo miró a él en primer lugar, con extrañeza y luego a Raine, que permanecía tranquila.
-¿Dónde está?
-En el recibidor
-De acuerdo, iré de inmediato
Apuraron lo que quedaba del desayuno y se levantó seguida de Raine. Se acicaló y ordenó a Mikko que recogiera todo.

Tomaron el camino más corto y directo para regresar a palacio rápidamente. Su familia solía mandarle mensajeros con frecuencia, cuando no tenían tiempo de personarse. Pero nunca mandaban mensajes urgentes y eso la inquietó.

Raine sin embargo, estaba muy tranquilo, incluso relajada. Ella tenía el presentimiento de que las noticias no eran graves. Ni siquiera urgentes. No era la primera vez, ni tampoco sería la última, que Mikko hacía lo posible por irrumpir e interrumpir los pocos momentos del día que pasaban solas. Ya se tomaría su venganza...

Al entrar al recibidor (una pequeña salita con cómodos sillones, una mesilla para el té y una chimenea) vieron al mensajero paseando nerviosamente de un lado a otro. Era un chico que no pasaría de los trece o catorce o años, con el pelo rizado y revuelto, cuya cara estaba roja del esfuerzo, posiblemente de haber venido corriendo desde Lillya. Se sintió muy aliviado cuando Carisa lo invitó amablemente a sentarse frente a ella y su acompañante.
-¿Eres el mensajero de mi padre, el rey Jacob?-se puso un poco tenso, pero sacó de la pequeña bolsa de cuero, atado en su cinturón, un rollo de pergamino sellado.
-No, el mensajero está en una posada de Lillya, descansando y curando sus heridas. Me ha pagado para hacerle llegar el mensaje que él traía. Parecía que había sufrido algún percance en el camino...-le entregó el rollo a Carisa, que lo abrió con cuidado. Se puso a leer mientras Raine examinaba al chico con detenimiento, intentando encontrar algo fuera de lo normal, algún gesto que lo delatase. No estaba muy convencida de la historia que les acababa de contar. Si algún mensajero real sufría algún contratiempo, prefería entregar con retraso el mensaje o enviar a alguien que anunciara su llegada al receptor y que éste fuese el que enviara a alguien para ir a por él. Pero nunca se debía confiar el mensaje a un desconocido. Una norma no escrita, casi considerada ley que estaban obligado a cumplir. Así que, o el rey contaba con ineptos entre sus filas (cosa de la que Raine dudaba), o el mensaje era demasiado urgente (¿y grave?) para esperar. O el chico las estaba engañando.

Miró a Carisa de reojo y vio que iba frunciendo el ceño cada vez más y mordiéndose más notablemente el labio inferior. Terminó de leer y se levantó resuelta.
-Muchas gracias, joven...
-Arturo, me llamo Arturo señora
-Muy bien Arturo, te lo agradezco de verdad. Ahora-se acercó a la chimenea donde a un lado, había una campanilla dorada que tocó tres veces de forma enérgica-mi mayordomo te acompañará a la cocina donde te dará algo de beber. Después, te acompañará hasta Lillya.

Medio minuto después, Mikko tocó la puerta. Carisa le abrió, le explicó lo que tenía que hacer y le ordenó preparar una cesta con alimentos y algunos obsequios, junto a una nota de agradecimiento por el mensaje y deseos de pronta recuperación.
-¿Puedo saber qué es lo que ponía?-preguntó Raine una vez se marcharon el chico y el mayordomo.
-Sí, por favor-le dejó que leyera el pergamino.
Raine pudo comprobar que el pergamino tenía un sello auténtico que usaba el rey en sus mensajes y cartas. No parecía manipulado previamente.

Mi querida Carisa
Me habría encantado hacerte una visita y ser yo mismo quién te anuncie la buena nueva, pero por diferentes motivos me es imposible ir hasta Lillya.

El duque de Bonaventura llegará en unos días a tu palacio a visitarte y pasar unos días allí. Está deseoso por conocerte en persona y ha emprendido el viaje para llegar lo más pronto posible, después de pedirme permiso.

Confío en ti, sé que eres una buena anfitriona y que lo recibirás y atenderás como es debido.

También deseo que te llevaras bien con él... ya lo verás por ti misma, pero es un gran partido y un buen muchacho. Ya vas teniendo una edad Carisa, en la que más pronto que tarde, deberás casarte y formar tu propia familia. A tu madre y a mí nos haría mucha ilusión verte felizmente casada.

Te quiere, tu padre

Jacob


 -Vaya...
Es lo único que se le ocurría decir. Comprendía ahora la expresión adusta que seguía teniendo Carisa tras leer aquellas palabras. A ella le parecía divertida la perspectiva de lo que se avecinaría en las próximas semanas.

Se tranquilizó al comprobar que el mensaje era del puño y letra de su majestad. Era además su curiosa costumbre de no presentarse personalmente en palacio para comunicarle la llegada a Lillya del pretendiente de turno que, de repente, tenía interés en conocer a Carisa.
Desde que la princesa había llegado a la veintena, se había convertido en habitual que sus padres quisieran casarla con algún duque, barón, conde o cualquier noble con un renombre suficientemente adecuado para ella.
La mayoría eran hijos de amigos de sus padres, aliados o amigos de amigos o conocidos. Por eso, Carisa no podía darles puerta como solía hacer con las chicas que se seguían acercando a ella por conveniencia. Tenía que hospedarlos y tratarlos como ilustres invitados, aguantando el cortejo durante el tiempo que quisieran quedarse allí, para terminar rechazados sí o sí.

No era el único problema, previamente a su llegada, Carisa y su servicio debían de prepararlo todo adecuadamente. No sólo para que el invitado estuviera a gusto si no que, por lo general, Carisa odiaba los protocolos y cualquier norma. La única que imperaba en su palacio era la del respeto, pero habría creado un vínculo cercano y agradable entre ella y la gente que trabajaba en palacio. Pero lógicamente, frente a sus padre o desconocidos, debía cambiar eso durante el tiempo que estuvieran viviendo allí.
-Como siempre, a mi padre se le ha olvidado poner la fecha en que escribió ese mensaje y no tengo ni la más remota idea de cuando llegará el tal duque de Bonaventura. El mensajero partiría de Glaedwine de inmediato pero no sabemos cuánto tiempo ha perdido en-lo-que-sea-que-le-haya-pasado-Carisa bufó sonoramente, provocando la sonrisa amplia de Raine.
Estaba paseando de un lado a otro del recibidor, con las manos a la espalda y murmurando cosas que Raine no entendía, pero que se imaginaba. Dos minutos después, tocó la campanilla de forma prolongada. Raine se puso en pie.
-Rai, necesito que prepares y localices a toda la guardia y al resto de Caballeros. Quiero que estén aquí cuando el duque llegue a Lillya, para que sea bien recibido y perfectamente protegido.
-A la orden, mi señora-le gruñó-perdón señorita Carisa-dijo con burla. Le dedicó una mirada furibunda antes de salir fuera.

Al toque de campana, todos los jefes de servicio se reunían frente a la gran escalera de piedra que había frente a la puerta de entrada principal de palacio. Mikko, que se colocaba al frente de todos ellos, no estaba todavía. Raine tomó posición frente al grupo de oficiales y tenientes de su orden. Solía ser junto al mayordomo.

Carisa subió varios escalones hacia arriba, desde el punto donde podía abarcar toda la habitación. Cuando se aseguró de que estaban todos, les explicó la situación y fue dando las órdenes pertinentes para tenerlo todo preparado para la llegada en cualquier momento, del duque de Bonaventura. Se debían preparar las dependencias de invitados, comprar alimentos si fuera necesario, enviar soldados y emisarios Lillyan para poder estar informados de inmediato de la llegada del duque y escoltarlo hasta el palacio de la princesa y preparar a algunos Caballeros para la protección del duque y sus posibles acompañantes. Un sinfín de actividades y cambios a los que ya estaban más que acostumbrados y que Carisa organizaba con rapidez y perfección. Que no gustosa, porque con el paso de las horas, se iría irritando más.



-Vaya ¿qué me he perdido?
Mikko acababa de llegar al pequeño patio que unía las dependencias de los criados y las de los guardias y Caballeros. Tenía un pozo de piedra en su centro, que de vez en cuando se usaba, dos manzanos que en esos meses daban mucha sombra, y algunas florecillas alrededor de la mesa y las sillas de mimbre que servían más de adorno como utilidad. Él y Raine, sin embargo, solían usarlo como lugar de descanso, compartiendo a veces las diferentes comidas.
-El mensaje urgente de su majestad era un aviso de llegada del duque de Bonaventura de forma casi inmediata. Ya sabes, otro futuro marido...-explicó Raine muy divertida.
-Hmmm...supongo que tengo mucho que hacer ¿verdad?
-Por supuesto-Raine sacó del bolsillo de su pantalón un papelito donde había apuntado todo lo que el mayordomo tenía que hacer. Mikko lo leyó e hizo un mueca.
-¿De verdad que tengo que hacer...todo?
-Por supuesto-repitió de dar el último trago de agua.
Se acomodó en su asiento y miró hacia el cielo, dejando que los pocos rayos de sol que se filtraban a través de las hojas, le dieran en la cara. Había terminado de almorzar y quería disfrutar del que con seguridad, sería su último rato libre y relajado en las siguientes semanas. Tenía su camisa blanca y sus pantalones anchos arremangados y descalzada. Aguantaba las ganas de reír mientras oía a Mikko de gruñir mientras leía una y otra vez lo que tenía que hacer. Realmente no era tanto... pero ya tendría tiempo de decirle que algunas cosas habían sido licencia suya...

La paz por desgracia, le duró poco

-¿Comandante Raine?-bajó la mirada, detrás de Mikko había uno de los caballeros más jóvenes de la orden.
-Dime Sebastián.
-Nos ha llegado un aviso de los jardineros-que estaban engalanando el jardín-de que debemos acudir de inmediato a limpiar.
-Ohhhh...-murmuró Mikko con una sonrisilla ladina que Raine no vio
-¿Limpiar? ¿se puede saber qué pasa? Se supone que en la última...
Raine se levantó de un salto para ver mejor lo que Sebastián retenía con esfuerzo entre sus brazos.
-¡Maldición!


**



Tras tres días muy ajetreados, amanecieron con el sonido de tambores y trompetas que llegaban desde el inicio del sendero que comunicaba Lillya con el palacio de Carisa.

Raine se encontraba en sus aposentos terminando de calzarse sus botas negras, a conjunto con el uniforme de gala que los Caballeros vestían en ocasiones como aquella: casaca y pantalones negros, un cinturón ancho que le servía para disimular la daga que siempre llevaba cruzada en los riñones y las botas, que tenían un ligero tacón. Su casaca llevaba un bordado dorado, a diferencia del esto de Caballeros, que tenían un bordado de plata.
Calculó que en unos veinticinco minutos llegaría el duque con todo el séquito que había llevado Carisa para recibirlo en Lillya. Tenía tiempo más que de sobra para organizar a los Caballeros que los recibirían en la puerta.

Se miró en el espejo y salió abotonándose los gemelos, poniendo rumbo a los cuarteles, que se encontraban en la planta baja y en el lado más extremo y alejado del palacio para poder contar con espacio para las caballerizas, sala de armas, herrería propia, almacén y una sala de reuniones. Estaba comunicado mediante escaleras, pasillos y atajos con el ala real y privado que pertenecía a Carisa y que sólo los altos cargos conocían. Raine, que tenía su habitación junto a la de Carisa, podía tomar uno de ellos pero decidió ir por el camino más largo, el que cruzaba las dependencias de los criados y el de guardias y caballeros. Así podía comprobar que fuese todo bien.

El palacio era un completo caos, de carreras, órdenes precipitadas, torpezas y caídas. Una chica casi choca con ella cuando bajaba las escaleras y otra, que llevaba indumentaria de cocina, hacía equilibrismos con los platos y cubiertos que llevaba en las manos.
Al llegar a su destino, vio que muchas de las habitaciones tenían sus puertas abiertas, pudiendo ver que todos estaban terminando de prepararse para salir, otros salían en el momento de pasar ella por delante y la saludaban y otros estaban reunidos en un mismo lugar, charlando mientras esperaban al compañero. Mikko también lucía sus mejores galas, dando órdenes en el pasillo a unos y apremiando a otros. Tenía ojeras, fruto de las pocas horas de sueño y una expresión hosca. Casi no movió los labios cuando se cruzaron.

De la sala de armas, salieron desfilando unos diez guardias que serían los primeros en formar. A diferencia de los caballeros, ellos llevaban armadura pesada y espadas largas al cinto. Esperó y al entrar, ya esperaban algunos caballeros jóvenes, los mejores aprendices en formación y Paulo, su teniente y segundo en la orden. Estaba preparando las armas que ellos llevarían y la saludó cuadrándose.
-Todo listo-Raine le devolvió el saludo
-Bien, conforme vayan llegando, nos iremos colocando en formación y saldremos así. Deben estar al llegar.

Por las mesas, estaban los sables con empuñaduras doradas y enjoyadas que, al igual que el uniforme, llevaban en ocasiones especiales. Eran un mero adorno porque ni siquiera estaban afiladas, así que en vez de guardarse en la armería, se conservaban en el almacén y se sacaban cuando fuera necesario.

El grupo estaba formado en su mayoría por chicos (y algunas chicas), aprendices o caballeros inexpertos porque los más veteranos se habían ido con Carisa a Lillya. Es lo que Raine había acordado con ella porque en principio quería ir ella sola con guardias y algunos criados. Después de una larga discusión en el único desayuno que habían compartido, accedió a ir acompañadas por los caballeros más curtidos.
Así que, una vez llegaron todos y portaban ya sus sables, Raine les recordó lo que tenían que hacer y a tranquilizarlos, porque a excepción de algunos, la mayoría lo hacían por primera vez y estaban muy nerviosos.

Raine y Paulo encabezaron la comitiva y salieron con paso firme. Sonaron de nuevo las trompetas y tambores que anunciaban la llegada casi inmediata de Carisa y el duque. Si todo salía como estaba calculado, los primeros en formar estarían en el último tramo del sendero y ella y Paulo tendría tiempo de organizar a los que se quedaran dentro.

Estaban ya muy acostumbrados y tenía confianza y seguridad en que todo saldría a la perfección...

...sólo que no contaban con que se encontrarían con la horma de su zapato.

Los portones estaban abiertos de par en par y Carisa ya estaba allí... cogida del brazo de un joven apuesto, que Raine supuso que debía de ser el duque de Bonaventura. Llevaba una capa blanca que cubría unas elegantes ropas de color esmeralda y azul bien combinadas. En el cinto llevaba una espada corta con una empuñadura dorada con forma de cabeza animal que Raine reconoció como de un águila. Cubría sus manos con unos guantes que se quitó al verlos llegar para pasar a saludarlos. Al acercarse, vio que tenía una sonrisa felina y los ojos dorados.

Les fue estrechando la mano uno a uno, dirigiéndoles algunas palabras además de presentarse e incluso tenía la confianza de darles unas palmaditas en el hombro.
-Y ella es Raine, mi Caballero Guardián-dijo Carisa, que los fue presentando a todos.
-Ah, la famosa Raine de Sedna
La susodicha adoptó la mejor expresión neutral que podía, al igual que Paulo, cosa que no podían hacer los demás, que sí mostraban todas sus emociones. Los más nerviosos, estaban lívidos y sudorosos. Otros tenían muecas de desconcierto. Raine por dentro,se sentía profundamente desconcertada y cada vez más enojada.

Desconcertada más con la actitud de Carisa que con la del duque. La princesa, a diferencia de las visitas de otros pretendientes anteriores, estaba encantada con él. E incluso parecía divertirse con él. Y muy enojada precisamente por ello, porque todos los esfuerzos puestos para que todo saliera bien ese día... se habían ido al cuerno.
Además, había algo en él que no le gustaba. Los miraba con superioridad, simpático pero no amable y muy sobre actuado.

Una vez la saludó a ella, se alejó y se colocó desde un lugar donde pudieran oírlo todos.
-Lamento mucho que os haya fastidiado lo que me habéis preparado con tanto esfuerzo. Pero al igual que a la princesa Carisa, no me gustan los protocolos. Prefiero ir por libre allá donde vaya. Agradezco mucho el esfuerzo pero os podéis sentir cómodos en mi presencia. Podéis llamarme señor Oliver u Oliver a secas.

Carisa se iba riendo cuando dieron la vuelta y se dirigieron al salón donde habían preparado el desayuno.

Pese a las palabras del duque, los caballeros seguían paralizados y muy tensos, más si miraban a Raine y Paulo, que ya sí adoptaron una expresión muy dura. Se asustaron más y creyeron que algo habían hecho mal.
Por la puerta apareció la caballería y el séquito al completo, acompañando a un grupo de mujeres y chicas que, por el color de su ropa, Raine adivinó que era el cortejo o servicio del duque. Dejaron los caballos en la entrada para que los criados los llevaran a los establos. Joseph, uno de los capitanes y tercero en la orden, se quitó el casco (siempre llevaba puesta una armadura) y se le acercó. Se le veía malhumorado y soltó una serie de improperios que Raine le permitió porque era el caballero de más edad en la orden, porque ella en el fondo se sentía igual... y porque fue su maestro y quién la formó.
-¿Dónde está?
-Se ha ido ya a desayunar...
-¡Claro, hambre sí que no le falta!
-Calma, te van a oír-le pidió cuando elevó la voz-venid conmigo tú y Paulo a la sala de reuniones. De momento, vamos a calmar a los chicos...

Los animaron y le dieron la mañana libre, mientras que a los que fueron con Joseph, les ordenador permanecer en sus habitaciones, a espera de nuevas órdenes. Los guardias se reorganizaron con más facilidad y siguieron haciendo sus labores.

Una vez reunidos todos, Raine le contó a Joseph lo que acababan de vivir y él les relató a ella y Paulo lo que había sucedido desde que llegaron a Lillya y el duque salió al encuentro de ellos.
-...se acercó sin miramientos a la princesa Carisa, la saludó muy efusivo, nos ignoró a todos nosotros y a todo el protocolo. La princesa en principio se quedó muy sorprendida porque no se lo esperaba, lo mismo que nosotros. Pero bastó que le dijera que pasaba de todo ese rollo con esa sonrisilla que tiene de galán barato, para convencer a Carisa de venir hasta aquí, dejándonos a todos muy atrás. Muy imprudente. ¿He dicho ya que no me cae bien?

Raine movió la cabeza y se acarició el mentón, pensativa. Joseph y Paulo la miraban.
-¿Qué hacemos?
-A mí tampoco me ha dado buena impresión y no haremos mal por ser precavidos. Mandad de vuelta a los caballeros que estaban trabajando en Lillyan. Si recibimos solicitudes urgentes, las aceptamos. Pero nada más, quiero al resto aquí en palacio, por lo que pudiera pasar.
Los dos hombres asintieron, manifestando su conformidad, hicieron algunas aclaraciones más y se marcharon.


Terminaron el desayuno y con bromas, los jóvenes nobles salieron para que Carisa le mostrara su palacio y la que sería su habitación. Apoyada en la pared frente a la puerta, estaba Raine. Carisa la saludó y ella le sonrío con dulzura. Dejaría que siguieran su camino para ir tras ellos a una distancia prudencial, la justa para no crear incomodidad, pasar desapercibida pero oír bien lo que hablaban.

Por lo general, dentro de palacio, Raine no estaba siempre con Carisa y ésta tenía más libertad y comodidad para moverse, gracias a la presencia de los guardias y de la mayoría de caballeros. Fuera sin embargo, siempre estaban juntas, acompañadas a veces de algunos guardias y algún caballero más.
De esta manera, Raine podía hacer otras labores que le correspondían por ser el Caballero Guardián o comandante y que iban más allá de la protección de la princesa: la organización de la orden (las solicitudes de servicios de caballeros, la formación de los nuevos caballeros, su propio entrenamiento...), la comprobación del estado del palacio y el jardín (que incluía la limpieza de los mismos) o funcionar de enlace comunicador entre el diferente personal que había en el palacio. Por eso conocía y trataba con frecuencia con los jefes de cocina... o con Mikko. El estar siempre con ella servía para que todo estuviera al gusto de ella y no todo se reducía a la espada.

Todo esto, incluido su tiempo libre, pasaba a un segundo plano cuando tenían visitantes o huéspedes invitados por Carisa... o por su padre. Estaba casi a tiempo completo con ella, para su protección... y el del invitado, claro.

Normalmente les ofrecían los servicios de un caballero que se pondrían a su servicio si así lo deseaba. Lo deseable es que lo tuvieran, porque Raine se ahorraba trabajo y al huésped, sobretodo si era un varón que iba a cortejar a la princesa y tenían que mandar a los caballeros para invitarlo amablemente a abandonar el palacio, cuando eran rechazados y...

-Oh, gracias pero Carisa me ha hablado muy bien de ti, así que pongo mi vida en tus manos-dijo entre cortés y burlón el duque cuando, antes de comenzar la visita guiada, Raine le hizo el ofrecimiento.

Raine apretó los dientes con disimulo porque no le gustó el tono. De todos modos, no era el primero que no aceptaba (podían no gustarle tener siempre a alguien tras él) y aunque ella tendría el doble de trabajo... le gustaba tan poco, que prefería ser ella quién lo tuviera vigilado...

Carisa no dejó ni una sola dependencia sin enseñar del palacio, a excepción de los dormitorios. Lo que incluía cocinas, lavandería, los baños usados por el servicio, los privados del ala real, los cuarteles, la biblioteca, el gran salón de fiestas y bailes, el salón del trono, la zona dedicada a los invitados...

Les llevó toda la mañana hasta casi pasada la hora de comer. A Raine no se le escapó ningún detalle. Ni de que Carisa parecía más entregada e incluso cómoda con el duque Bonaventura, de lo que había estado con otros hombres que habían pasado por allí. Ni de que el duque de Bonaventura, además de ser joven, apuesto, inteligente, bien educado y con buena conversación, era además todo un galán. No un conquistador, de regalar piropos, flores, poemas y provocar alguna risa. Así eran todos. Él, además de probablemente hacer todo eso, era un gran observador y sabía escuchar a Carisa, para saber qué decirle en cada momento y cómo decirlo. Con lo cual, había conseguido ganársela de inmediato.

Lo que no le gustó nada a Raine, convenciéndola de sus primeras malas impresiones, fueron las cosas que seguramente Carisa no percibiría. Ya fuera porque estaba demasiado embelesada con él o ya fuera porque Raine estaba entrenada para ello.
Notó que la sobre actuación era habitual en él, no lo hacía de forma tan pronunciada como había mostrado delante de todos, pero se notaba que no era natural. Era como si no quisiera mostrarse tal y como él era, como si ocultase algo todo el tiempo.
También se dio cuenta de que sabía de Carisa más de la cuenta... es decir, que él al menos no iba a tratar con una desconocida, si no que es como si se hubiera informado sobre ella previamente. Cabía la remota posibilidad de que hubiese sido el propio rey Jacob quién le hubiera comentando algunas cosas sobre su hija. Pero si ese detalle no le gustaba es que todos los pretendientes de Carisa tenían la bendición del rey de Jacob... y ninguno estaban tan bien informado. Por lo que Raine se preguntaba ¿por qué él sabía y los demás demostraron ser unos completos ignorantes? Y lo más importante:

¿Por qué él conocía ya muchas cosas de Carisa y ellas no sabían nada de él?

Y eso sí que escamaba a Raine. Cualquier noble presumía de su linaje, de su sangre real y de las propiedades y privilegios de los que disfrutaba para intentar impresionar a Carisa o a quién estuviera oyéndole.

¿Sabía también que a ella no le impresionaba nada material de lo que tuviese? ¿u omitía la información deliberadamente?

Demasiadas preguntas en poco tiempo. Si no le ponía remedio pronto, acabaría con un bien dolor de cabeza. Por suerte, no tardó demasiado en vislumbrar una solucionar.

Como el duque prefería quedarse en sus habitaciones descansando, después de una mañana ajetreada, Carisa le propuso cenar en el jardín esa misma noche en vez de un té y un paseo por Lillya. Él aceptó encantado y encantador, así que la princesa se puso manos a la obra en la cocina.
Si la jardinería era una desconocida para sus padres, la cocina era otra. Y si supieran lo que hacía, pondría el grito en el cielo.

Le encantaba comer y cocinar. Había heredado un talento innato para ambas cosas y le sacaba mucho partido. Básicamente, a veces y si tenía tiempo, bajaba ella misma a la cocina. Ya fuera para cocinar ella misma lo que comerían en cualquier momento del día o ser ella la que guiara y supervisara a los cocineros. Durante un tiempo, incluso estuvo instruyendo a algunos cocineros pero al final, acabó contratando a la mejor jefa de cocina que encontró para que se hiciera cargo también de esa labor.
Al igual que con el jardín, era ella la que elegía los ingredientes y los platos. Si no se encontraba algo en Lillya, lo localizaba en otra ciudad y los encargaba. O los mandaba a comprar. Por eso existía un inventariado que siempre estaba al día de lo que había en cocina y almacenes.

Teniendo un invitado tan ilustre e importante para ella, Raine sabía que bajaría ella misma a la cocina, así que aprovechó para hacer otras cosas. Como buscar a Mikko. Lo encontró en la pérgola precisamente, barriendo los pétalos y la hojarasca que por el viento habían cubierto el suelo. A cierta distancia, en otras zonas, estaban dos doncellas y un jardinero. De todos modos, Raine bajó la voz y le contó todo a Mikko, incluso lo que tenía pensado.
-Ya veo-el mayordomo dejó de barrer un momento, para apoyar las manos en el palo del escobón y quedarse unos segundos pensativo... o así adivinó Raine por la expresión que compuso-¿crees que funcionará? Si dices que es tan reservado, puede que no sirva de nada.
-Considero todas las posibilidades: que no diga nada, que nos mienta, que nos diga una mínima parte de lo que deberíamos saber... pero habrá que intentarlo ¿no?
-Tienes razón, si no se intenta, entonces sí que no sabremos nada-se colocó mejor las gafas y sonrío-entonces ¿lo de siempre?
-Lo de siempre ¡y lo mejor!




Según le informó un criado, la cena daría comienzo a las nueve de las noche, así que una hora antes ya estaba en su habitación preparándose. Ya tenía ganas de darse una buena ducha y de deshacerse del uniforme de gala porque a esas horas ya le pesaba hasta la casaca. Se pondría ropa no tan elegante pero desde luego mucho más cómoda.
Mientras se bañaba, escuchó a Carisa de llegar a su habitación, discutiendo con sus doncellas. Iba muy justa de tiempo, por lo que estaría muy nerviosa y las chicas se llevarían más de un grito de Carisa. Cuando estaba tensa, se volvía muy irritante y estando bajo cierta presión...

Raine se estaba poniendo las botas, casi lista, cuando una doncella llamó a su puerta. Era Carisa, para que se presentase en su habitación de inmediato y no la hizo de rogar demasiado. Al salir al pasillo, oyó el sonido lejano de una canción tocada por un quinteto de cuerda. Sonrío hasta llegar a la puerta de la princesa, intentando poner la mejor cara de normalidad (inocencia) que tenía. Fue ella misma quién abrió. Seguía estando del mismo humor o peor que cuando había llegado. Tenía el ceño muy fruncido y resoplaba un poco.
-¿Me puedes explicar que hace Mikko tocando en el jardín para Oliver? ¡Dime que no estáis planeando lo de siempre?
Se dio cuenta también de que ya estaba lista, a falta de ponerse unos pendientes, algo de perfume y algún abalorio más. Que fue lo que hizo antes de que Raine contestara. Ella se apoyó en el marco de la puerta, aguantando las ganas de reír que tenía. Lo debió de hacer muy bien porque Carisa no se enfadó más de lo que estaba cuando volvió a mirarla y le dijo.
-¿Qué tiene de malo hacer una pequeña actuación para nuestro invitado?
-Sabes de sobra a qué me refiero, Raine de Sedna-le contestó dejando su cara a centímetros de la suya-no quiero que le hagáis nada ¿de acuerdo?
-No va a ocurrir nada-le dijo pero no le convenció lo más mínimo. Con una mano en su pecho, la empujó para así poder cerrar la puerta tras de sí y después, la agarró del brazo y con toda la elegancia que pudo, la arrastró a paso ligero para bajar hasta el jardín.

En realidad la princesa tenía motivos más que sobrados para ofuscarse de la forma en la que lo había hecho. Pero no era lo que ella estaba pensando. Por una vez... se iban a comportar mejor.

Tal y como se habían imaginado ambas, el duque de Bonaventura se encontraba sentado en la pérgola y frente a él, estaban Mikko y su quinteto tocando con sus respectivos instrumentos: dos laudes, una mandolina, una lira y un arpa. Ya el primer paso estaba dado y estaba dando muy buenos resultados, a juzgar por la cara del duque, que estaba embelesado. El segundo dependía principalmente de Carisa, que se mantuvo al margen, oyendo el final de su pequeño concierto para después sentarse junto al duque.

Mikko era también muy reservado y una de las pocas que se conocían de él, era que provenía de una familia de artistas itinerantes, de los que parecía heredar su talento para la música. Sin embargo, entró a trabajar en la cocina del rey Jacob, como pinche, cuando sólo tenía diez años, según decían, por iniciativa de sus propios padres. Y fueron ellos mismos los que le regalaron su laúd, del que no se despegaba nunca y el cual tocó siempre en privado.
Fue cuando lo enviaron a trabajar al palacio de Carisa, cuando empezó a tocar por petición de la princesa. Ella le confesó que de pequeña lo había oído en muchas ocasiones en cada una de sus escapadas y que le gustaba muchísimo. Así fue como además de mayordomo, se convirtió en su músico.

Todo esto se lo explicó Carisa cuando terminaron y se sentó a la vez que Raine, no sin antes invitarlo a que se quedase con ellos a cenar. Se sentó junto a su amiga con los aplausos entusiasmados del duque, y lo agradeció con una inclinación de cabeza.
-¡Son muy buenos! ¡No he visto a músicos con tanto talento!
-No encontrarás otros en ninguna parte, son los mejores-repuso Carisa con orgullo.
-¿Y cómo es que no he tenido el gusto de conocerlos antes?
-Sólo actúan para mí en determinados momentos... Les he llegado a ofrecer mi mecenazgo pero siempre lo rechaza...
-Ya lo hemos hablado mi señora, mis labores me impiden dedicarme por entero a la música...
-No es sólo por sus labores, lo cierto es que...
Dejó la frase en el aire porque empezaron a llegar los primeros platos del menú de aquella noche. Carisa sonrío y en cuanto el duque tuvo su plato delante, comenzó a explicarle lo que era todo. Raine y Mikko se miraron con disimulo y asintieron.

Mikko, por las oportunidades que siempre le brinda la princesa, le está muy agradecido y se siente en deuda con ella. A él le gusta su trabajo como mayordomo pero le parecía tan poco lo que hacía, que desde que había formado su quinteto, colaboraba con los caballeros en diferentes tareas, casi siempre relativas a la recogida de información. Como músico, despertaba mucha admiración y confianza en las personas, que solían invitarlo a cenar o a tomar una copa con ellos. Se interesaban por su vida, por su mecenas (siempre lo inventaba y si sabía que era un forastero, decía que era Carisa) y solían ofrecerle cantidades ingentes de dinero para comprarlo. Mikko se dejaba camelar y así aprovechaba para sonsacar aquello que le interesase.

Algo parecido iban a hacer con el duque, aprovechar su inteligencia, su educación y experiencia con tantos nobles, para intentar saber algo más de él desde su posición de músico admirado. Era un buen método que funcionaba... aunque habitualmente, en el caso de los pretendientes, las intenciones eran otras.

La desconfianza de Carisa provenía de la costumbre que tanto Raine como Mikko habían adquirido en los últimos dos años de tomarles el pelo o incluso ridiculizar a los pretendientes. La primera vez que lo hicieron fue a petición de Carisa, en un intento desesperado de deshacerse de uno de ellos. A partir de entonces, lo hacían por cuenta propia, sin pedir permiso a Carisa, que en el fondo les daba su aprobación, pese a la pequeña regañina que siempre les echaba.

Por eso y aunque pareciera fácil, debían tener pies de plomo con lo que se traían entre manos, porque Carisa no sería tan indulgente con ellos por esta vez.

La cena y el entusiasmo de Carisa, sirvieron para relajar el ambiente y para acortar las distancias entre el duque y Carisa, gracias al vino que estaban tomando.
-Me ha gustado mucho todo, querida, especialmente la música. Ha sido una agradable sorpresa-Carisa miró de soslayo tanto a Raine como a Mikko.
-Gracias, para mí ha sido un placer preparar la velada-el duque le cogió suavemente de la mano y posó sus manos en ella. Mientras lo hacía, ambos estaban centrados en ello y no vieron como Raine le daba un codazo disimulado a Mikko.
-¿Me permite una pregunta señor?
-Puede llamarme Oliver-respondió éste con amabilidad.
-¿De dónde viene?-Carisa alzó las cejas desconcertada por lo directo de la pregunta y la confianza, aunque ambos habían charlado durante la cena. El duque sin embargo río a carcajadas
-Eres un muchacho muy listo. Por lo que hemos estado hablando, has debido ya de adivinarlo. Sí, soy de Tielo, la cuna de la música de Amaranta. Por eso amo la música y la echo tanto de menos, pues mi ducado está en Aodán. No cuento con tan buenos músicos en mi corte-explicó con nostalgia.

Mikko no desaprovechó la ocasión y siguió la conversación. No sabían si por el vino o porque se sentía más cómodo, pero el duque no le pareció a Raine tan reservado. Ni siquiera tan forzado y le sorprendió la cantidad de información que les brindó con mucha más naturalidad. Y lo escuchó con atención, al igual que Carisa, que lo hacía con cierta ternura...


-Tengo que daros las gracias a los dos... por la velada.
El duque se había despedido de ellas en el pasillo y ahora estaban delante de la puerta de la habitación de Carisa.
-No hay de qué
-¿Ha habido algún motivo por el que lo habéis organizado?-Raine se puso un poco tensa y Carisa lo notó-dudo mucho que lo hayáis hecho para agradarle... y os conozco muy bien-su caballero desvió la mirada y guardó silencio unos segundos, pensando en cómo decírselo sin ofenderla.
-Sólo estaba un poco preocupada, la verdad es que el duque es...-antes de terminar la frase, Carisa le rodeó el cuello con sus brazos.
-Gracias de verdad. Por preocuparos por mí... pero quedaos tranquilos ¿vale?-le pidió mirándole directamente a los ojos-no es mala persona-afirmó con seguridad-y además, por una vez... me gusta de verdad.

No era necesario que se lo dijera con esa sonrisa dulce y tan convencida porque era evidente que le gustaba. Pero el saberlo de su boca, le hizo ser consciente de la situación real en la que estaban y de lo que sentía dentro de ella. No era algo que había despertado si no que con el día tan ajetreado que había tenido y habiéndole dado prioridad a otras preocupaciones, no se había dado cuenta de ello. Y estando ya muy agotada, lejos de dormir, tuvo tiempo de pensar durante buena parte de la noche.

Por eso tenía unas prominentes ojeras cuando esperaba a Carisa y al duque de Bonaventura en la entrada del jardín. Carisa quería llevarlo al paseo matutino por él y ella seguía bastante cansada, por lo poco que había dormido. Para colmo, seguía dándole vueltas a la cabeza. A su situación como la mejor amiga de la princesa. Y a su situación como Caballero Guardián.

Por suerte o por desgracia para ella, sus pensamientos y preocupaciones quedaron irrumpidos por la llegada apresurada de un guardia al lugar donde estaba ella. Solo cuando vio su aspecto, se dio cuenta de que venía del jardín.
-¡Comandante! ¡necesitamos su ayuda urgentemente!
-¿Se puede saber qué pasa?

El guardia se sobresaltó pero ella sintió que se le iba el color de la cara cuando oyó aquel sonido proveniente del jardín.Tras tres días muy ajetreados, amanecieron con el sonido de tambores y trompetas que llegaban desde el inicio del sendero que comunicaba Lillya con el palacio de Carisa.

Raine se encontraba en sus aposentos terminando de calzarse sus botas negras, a conjunto con el uniforme de gala que los Caballeros vestían en ocasiones como aquella: casaca y pantalones negros, un cinturón ancho que le servía para disimular la daga que siempre llevaba cruzada en los riñones y las botas, que tenían un ligero tacón. Su casaca llevaba un bordado dorado, a diferencia del esto de Caballeros, que tenían un bordado de plata.
Calculó que en unos veinticinco minutos llegaría el duque con todo el séquito que había llevado Carisa para recibirlo en Lillya. Tenía tiempo más que de sobra para organizar a los Caballeros que los recibirían en la puerta.

Se miró en el espejo y salió abotonándose los gemelos, poniendo rumbo a los cuarteles, que se encontraban en la planta baja y en el lado más extremo y alejado del palacio para poder contar con espacio para las caballerizas, sala de armas, herrería propia, almacén y una sala de reuniones. Estaba comunicado mediante escaleras, pasillos y atajos con el ala real y privado que pertenecía a Carisa y que sólo los altos cargos conocían. Raine, que tenía su habitación junto a la de Carisa, podía tomar uno de ellos pero decidió ir por el camino más largo, el que cruzaba las dependencias de los criados y el de guardias y caballeros. Así podía comprobar que fuese todo bien.

El palacio era un completo caos, de carreras, órdenes precipitadas, torpezas y caídas. Una chica casi choca con ella cuando bajaba las escaleras y otra, que llevaba indumentaria de cocina, hacía equilibrismos con los platos y cubiertos que llevaba en las manos.
Al llegar a su destino, vio que muchas de las habitaciones tenían sus puertas abiertas, pudiendo ver que todos estaban terminando de prepararse para salir, otros salían en el momento de pasar ella por delante y la saludaban y otros estaban reunidos en un mismo lugar, charlando mientras esperaban al compañero. Mikko también lucía sus mejores galas, dando órdenes en el pasillo a unos y apremiando a otros. Tenía ojeras, fruto de las pocas horas de sueño y una expresión hosca. Casi no movió los labios cuando se cruzaron.

De la sala de armas, salieron desfilando unos diez guardias que serían los primeros en formar. A diferencia de los caballeros, ellos llevaban armadura pesada y espadas largas al cinto. Esperó y al entrar, ya esperaban algunos caballeros jóvenes, los mejores aprendices en formación y Paulo, su teniente y segundo en la orden. Estaba preparando las armas que ellos llevarían y la saludó cuadrándose.
-Todo listo-Raine le devolvió el saludo
-Bien, conforme vayan llegando, nos iremos colocando en formación y saldremos así. Deben estar al llegar.

Por las mesas, estaban los sables con empuñaduras doradas y enjoyadas que, al igual que el uniforme, llevaban en ocasiones especiales. Eran un mero adorno porque ni siquiera estaban afiladas, así que en vez de guardarse en la armería, se conservaban en el almacén y se sacaban cuando fuera necesario.

El grupo estaba formado en su mayoría por chicos (y algunas chicas), aprendices o caballeros inexpertos porque los más veteranos se habían ido con Carisa a Lillya. Es lo que Raine había acordado con ella porque en principio quería ir ella sola con guardias y algunos criados. Después de una larga discusión en el único desayuno que habían compartido, accedió a ir acompañadas por los caballeros más curtidos.
Así que, una vez llegaron todos y portaban ya sus sables, Raine les recordó lo que tenían que hacer y a tranquilizarlos, porque a excepción de algunos, la mayoría lo hacían por primera vez y estaban muy nerviosos.

Raine y Paulo encabezaron la comitiva y salieron con paso firme. Sonaron de nuevo las trompetas y tambores que anunciaban la llegada casi inmediata de Carisa y el duque. Si todo salía como estaba calculado, los primeros en formar estarían en el último tramo del sendero y ella y Paulo tendría tiempo de organizar a los que se quedaran dentro.

Estaban ya muy acostumbrados y tenía confianza y seguridad en que todo saldría a la perfección...

...sólo que no contaban con que se encontrarían con la horma de su zapato.

Los portones estaban abiertos de par en par y Carisa ya estaba allí... cogida del brazo de un joven apuesto, que Raine supuso que debía de ser el duque de Bonaventura. Llevaba una capa blanca que cubría unas elegantes ropas de color esmeralda y azul bien combinadas. En el cinto llevaba una espada corta con una empuñadura dorada con forma de cabeza animal que Raine reconoció como de un águila. Cubría sus manos con unos guantes que se quitó al verlos llegar para pasar a saludarlos. Al acercarse, vio que tenía una sonrisa felina y los ojos dorados.

Les fue estrechando la mano uno a uno, dirigiéndoles algunas palabras además de presentarse e incluso tenía la confianza de darles unas palmaditas en el hombro.
-Y ella es Raine, mi Caballero Guardián-dijo Carisa, que los fue presentando a todos.
-Ah, la famosa Raine de Sedna
La susodicha adoptó la mejor expresión neutral que podía, al igual que Paulo, cosa que no podían hacer los demás, que sí mostraban todas sus emociones. Los más nerviosos, estaban lívidos y sudorosos. Otros tenían muecas de desconcierto. Raine por dentro,se sentía profundamente desconcertada y cada vez más enojada.

Desconcertada más con la actitud de Carisa que con la del duque. La princesa, a diferencia de las visitas de otros pretendientes anteriores, estaba encantada con él. E incluso parecía divertirse con él. Y muy enojada precisamente por ello, porque todos los esfuerzos puestos para que todo saliera bien ese día... se habían ido al cuerno.
Además, había algo en él que no le gustaba. Los miraba con superioridad, simpático pero no amable y muy sobre actuado.

Una vez la saludó a ella, se alejó y se colocó desde un lugar donde pudieran oírlo todos.
-Lamento mucho que os haya fastidiado lo que me habéis preparado con tanto esfuerzo. Pero al igual que a la princesa Carisa, no me gustan los protocolos. Prefiero ir por libre allá donde vaya. Agradezco mucho el esfuerzo pero os podéis sentir cómodos en mi presencia. Podéis llamarme señor Oliver u Oliver a secas.

Carisa se iba riendo cuando dieron la vuelta y se dirigieron al salón donde habían preparado el desayuno.

Pese a las palabras del duque, los caballeros seguían paralizados y muy tensos, más si miraban a Raine y Paulo, que ya sí adoptaron una expresión muy dura. Se asustaron más y creyeron que algo habían hecho mal.
Por la puerta apareció la caballería y el séquito al completo, acompañando a un grupo de mujeres y chicas que, por el color de su ropa, Raine adivinó que era el cortejo o servicio del duque. Dejaron los caballos en la entrada para que los criados los llevaran a los establos. Joseph, uno de los capitanes y tercero en la orden, se quitó el casco (siempre llevaba puesta una armadura) y se le acercó. Se le veía malhumorado y soltó una serie de improperios que Raine le permitió porque era el caballero de más edad en la orden, porque ella en el fondo se sentía igual... y porque fue su maestro y quién la formó.
-¿Dónde está?
-Se ha ido ya a desayunar...
-¡Claro, hambre sí que no le falta!
-Calma, te van a oír-le pidió cuando elevó la voz-venid conmigo tú y Paulo a la sala de reuniones. De momento, vamos a calmar a los chicos...

Los animaron y le dieron la mañana libre, mientras que a los que fueron con Joseph, les ordenador permanecer en sus habitaciones, a espera de nuevas órdenes. Los guardias se reorganizaron con más facilidad y siguieron haciendo sus labores.

Una vez reunidos todos, Raine le contó a Joseph lo que acababan de vivir y él les relató a ella y Paulo lo que había sucedido desde que llegaron a Lillya y el duque salió al encuentro de ellos.
-...se acercó sin miramientos a la princesa Carisa, la saludó muy efusivo, nos ignoró a todos nosotros y a todo el protocolo. La princesa en principio se quedó muy sorprendida porque no se lo esperaba, lo mismo que nosotros. Pero bastó que le dijera que pasaba de todo ese rollo con esa sonrisilla que tiene de galán barato, para convencer a Carisa de venir hasta aquí, dejándonos a todos muy atrás. Muy imprudente. ¿He dicho ya que no me cae bien?

Raine movió la cabeza y se acarició el mentón, pensativa. Joseph y Paulo la miraban.
-¿Qué hacemos?
-A mí tampoco me ha dado buena impresión y no haremos mal por ser precavidos. Mandad de vuelta a los caballeros que estaban trabajando en Lillyan. Si recibimos solicitudes urgentes, las aceptamos. Pero nada más, quiero al resto aquí en palacio, por lo que pudiera pasar.
Los dos hombres asintieron, manifestando su conformidad, hicieron algunas aclaraciones más y se marcharon.


Terminaron el desayuno y con bromas, los jóvenes nobles salieron para que Carisa le mostrara su palacio y la que sería su habitación. Apoyada en la pared frente a la puerta, estaba Raine. Carisa la saludó y ella le sonrío con dulzura. Dejaría que siguieran su camino para ir tras ellos a una distancia prudencial, la justa para no crear incomodidad, pasar desapercibida pero oír bien lo que hablaban.

Por lo general, dentro de palacio, Raine no estaba siempre con Carisa y ésta tenía más libertad y comodidad para moverse, gracias a la presencia de los guardias y de la mayoría de caballeros. Fuera sin embargo, siempre estaban juntas, acompañadas a veces de algunos guardias y algún caballero más.
De esta manera, Raine podía hacer otras labores que le correspondían por ser el Caballero Guardián o comandante y que iban más allá de la protección de la princesa: la organización de la orden (las solicitudes de servicios de caballeros, la formación de los nuevos caballeros, su propio entrenamiento...), la comprobación del estado del palacio y el jardín (que incluía la limpieza de los mismos) o funcionar de enlace comunicador entre el diferente personal que había en el palacio. Por eso conocía y trataba con frecuencia con los jefes de cocina... o con Mikko. El estar siempre con ella servía para que todo estuviera al gusto de ella y no todo se reducía a la espada.

Todo esto, incluido su tiempo libre, pasaba a un segundo plano cuando tenían visitantes o huéspedes invitados por Carisa... o por su padre. Estaba casi a tiempo completo con ella, para su protección... y el del invitado, claro.

Normalmente les ofrecían los servicios de un caballero que se pondrían a su servicio si así lo deseaba. Lo deseable es que lo tuvieran, porque Raine se ahorraba trabajo y al huésped, sobretodo si era un varón que iba a cortejar a la princesa y tenían que mandar a los caballeros para invitarlo amablemente a abandonar el palacio, cuando eran rechazados y...

-Oh, gracias pero Carisa me ha hablado muy bien de ti, así que pongo mi vida en tus manos-dijo entre cortés y burlón el duque cuando, antes de comenzar la visita guiada, Raine le hizo el ofrecimiento.

Raine apretó los dientes con disimulo porque no le gustó el tono. De todos modos, no era el primero que no aceptaba (podían no gustarle tener siempre a alguien tras él) y aunque ella tendría el doble de trabajo... le gustaba tan poco, que prefería ser ella quién lo tuviera vigilado...

Carisa no dejó ni una sola dependencia sin enseñar del palacio, a excepción de los dormitorios. Lo que incluía cocinas, lavandería, los baños usados por el servicio, los privados del ala real, los cuarteles, la biblioteca, el gran salón de fiestas y bailes, el salón del trono, la zona dedicada a los invitados...

Les llevó toda la mañana hasta casi pasada la hora de comer. A Raine no se le escapó ningún detalle. Ni de que Carisa parecía más entregada e incluso cómoda con el duque Bonaventura, de lo que había estado con otros hombres que habían pasado por allí. Ni de que el duque de Bonaventura, además de ser joven, apuesto, inteligente, bien educado y con buena conversación, era además todo un galán. No un conquistador, de regalar piropos, flores, poemas y provocar alguna risa. Así eran todos. Él, además de probablemente hacer todo eso, era un gran observador y sabía escuchar a Carisa, para saber qué decirle en cada momento y cómo decirlo. Con lo cual, había conseguido ganársela de inmediato.

Lo que no le gustó nada a Raine, convenciéndola de sus primeras malas impresiones, fueron las cosas que seguramente Carisa no percibiría. Ya fuera porque estaba demasiado embelesada con él o ya fuera porque Raine estaba entrenada para ello.
Notó que la sobre actuación era habitual en él, no lo hacía de forma tan pronunciada como había mostrado delante de todos, pero se notaba que no era natural. Era como si no quisiera mostrarse tal y como él era, como si ocultase algo todo el tiempo.
También se dio cuenta de que sabía de Carisa más de la cuenta... es decir, que él al menos no iba a tratar con una desconocida, si no que es como si se hubiera informado sobre ella previamente. Cabía la remota posibilidad de que hubiese sido el propio rey Jacob quién le hubiera comentando algunas cosas sobre su hija. Pero si ese detalle no le gustaba es que todos los pretendientes de Carisa tenían la bendición del rey de Jacob... y ninguno estaban tan bien informado. Por lo que Raine se preguntaba ¿por qué él sabía y los demás demostraron ser unos completos ignorantes? Y lo más importante:

¿Por qué él conocía ya muchas cosas de Carisa y ellas no sabían nada de él?

Y eso sí que escamaba a Raine. Cualquier noble presumía de su linaje, de su sangre real y de las propiedades y privilegios de los que disfrutaba para intentar impresionar a Carisa o a quién estuviera oyéndole.

¿Sabía también que a ella no le impresionaba nada material de lo que tuviese? ¿u omitía la información deliberadamente?

Demasiadas preguntas en poco tiempo. Si no le ponía remedio pronto, acabaría con un bien dolor de cabeza. Por suerte, no tardó demasiado en vislumbrar una solucionar.

Como el duque prefería quedarse en sus habitaciones descansando, después de una mañana ajetreada, Carisa le propuso cenar en el jardín esa misma noche en vez de un té y un paseo por Lillya. Él aceptó encantado y encantador, así que la princesa se puso manos a la obra en la cocina.
Si la jardinería era una desconocida para sus padres, la cocina era otra. Y si supieran lo que hacía, pondría el grito en el cielo.

Le encantaba comer y cocinar. Había heredado un talento innato para ambas cosas y le sacaba mucho partido. Básicamente, a veces y si tenía tiempo, bajaba ella misma a la cocina. Ya fuera para cocinar ella misma lo que comerían en cualquier momento del día o ser ella la que guiara y supervisara a los cocineros. Durante un tiempo, incluso estuvo instruyendo a algunos cocineros pero al final, acabó contratando a la mejor jefa de cocina que encontró para que se hiciera cargo también de esa labor.
Al igual que con el jardín, era ella la que elegía los ingredientes y los platos. Si no se encontraba algo en Lillya, lo localizaba en otra ciudad y los encargaba. O los mandaba a comprar. Por eso existía un inventariado que siempre estaba al día de lo que había en cocina y almacenes.

Teniendo un invitado tan ilustre e importante para ella, Raine sabía que bajaría ella misma a la cocina, así que aprovechó para hacer otras cosas. Como buscar a Mikko. Lo encontró en la pérgola precisamente, barriendo los pétalos y la hojarasca que por el viento habían cubierto el suelo. A cierta distancia, en otras zonas, estaban dos doncellas y un jardinero. De todos modos, Raine bajó la voz y le contó todo a Mikko, incluso lo que tenía pensado.
-Ya veo-el mayordomo dejó de barrer un momento, para apoyar las manos en el palo del escobón y quedarse unos segundos pensativo... o así adivinó Raine por la expresión que compuso-¿crees que funcionará? Si dices que es tan reservado, puede que no sirva de nada.
-Considero todas las posibilidades: que no diga nada, que nos mienta, que nos diga una mínima parte de lo que deberíamos saber... pero habrá que intentarlo ¿no?
-Tienes razón, si no se intenta, entonces sí que no sabremos nada-se colocó mejor las gafas y sonrío-entonces ¿lo de siempre?
-Lo de siempre ¡y lo mejor!




Según le informó un criado, la cena daría comienzo a las nueve de las noche, así que una hora antes ya estaba en su habitación preparándose. Ya tenía ganas de darse una buena ducha y de deshacerse del uniforme de gala porque a esas horas ya le pesaba hasta la casaca. Se pondría ropa no tan elegante pero desde luego mucho más cómoda.
Mientras se bañaba, escuchó a Carisa de llegar a su habitación, discutiendo con sus doncellas. Iba muy justa de tiempo, por lo que estaría muy nerviosa y las chicas se llevarían más de un grito de Carisa. Cuando estaba tensa, se volvía muy irritante y estando bajo cierta presión...

Raine se estaba poniendo las botas, casi lista, cuando una doncella llamó a su puerta. Era Carisa, para que se presentase en su habitación de inmediato y no la hizo de rogar demasiado. Al salir al pasillo, oyó el sonido lejano de una canción tocada por un quinteto de cuerda. Sonrío hasta llegar a la puerta de la princesa, intentando poner la mejor cara de normalidad (inocencia) que tenía. Fue ella misma quién abrió. Seguía estando del mismo humor o peor que cuando había llegado. Tenía el ceño muy fruncido y resoplaba un poco.
-¿Me puedes explicar que hace Mikko tocando en el jardín para Oliver? ¡Dime que no estáis planeando lo de siempre?
Se dio cuenta también de que ya estaba lista, a falta de ponerse unos pendientes, algo de perfume y algún abalorio más. Que fue lo que hizo antes de que Raine contestara. Ella se apoyó en el marco de la puerta, aguantando las ganas de reír que tenía. Lo debió de hacer muy bien porque Carisa no se enfadó más de lo que estaba cuando volvió a mirarla y le dijo.
-¿Qué tiene de malo hacer una pequeña actuación para nuestro invitado?
-Sabes de sobra a qué me refiero, Raine de Sedna-le contestó dejando su cara a centímetros de la suya-no quiero que le hagáis nada ¿de acuerdo?
-No va a ocurrir nada-le dijo pero no le convenció lo más mínimo. Con una mano en su pecho, la empujó para así poder cerrar la puerta tras de sí y después, la agarró del brazo y con toda la elegancia que pudo, la arrastró a paso ligero para bajar hasta el jardín.

En realidad la princesa tenía motivos más que sobrados para ofuscarse de la forma en la que lo había hecho. Pero no era lo que ella estaba pensando. Por una vez... se iban a comportar mejor.

Tal y como se habían imaginado ambas, el duque de Bonaventura se encontraba sentado en la pérgola y frente a él, estaban Mikko y su quinteto tocando con sus respectivos instrumentos: dos laudes, una mandolina, una lira y un arpa. Ya el primer paso estaba dado y estaba dando muy buenos resultados, a juzgar por la cara del duque, que estaba embelesado. El segundo dependía principalmente de Carisa, que se mantuvo al margen, oyendo el final de su pequeño concierto para después sentarse junto al duque.

Mikko era también muy reservado y una de las pocas que se conocían de él, era que provenía de una familia de artistas itinerantes, de los que parecía heredar su talento para la música. Sin embargo, entró a trabajar en la cocina del rey Jacob, como pinche, cuando sólo tenía diez años, según decían, por iniciativa de sus propios padres. Y fueron ellos mismos los que le regalaron su laúd, del que no se despegaba nunca y el cual tocó siempre en privado.
Fue cuando lo enviaron a trabajar al palacio de Carisa, cuando empezó a tocar por petición de la princesa. Ella le confesó que de pequeña lo había oído en muchas ocasiones en cada una de sus escapadas y que le gustaba muchísimo. Así fue como además de mayordomo, se convirtió en su músico.

Todo esto se lo explicó Carisa cuando terminaron y se sentó a la vez que Raine, no sin antes invitarlo a que se quedase con ellos a cenar. Se sentó junto a su amiga con los aplausos entusiasmados del duque, y lo agradeció con una inclinación de cabeza.
-¡Son muy buenos! ¡No he visto a músicos con tanto talento!
-No encontrarás otros en ninguna parte, son los mejores-repuso Carisa con orgullo.
-¿Y cómo es que no he tenido el gusto de conocerlos antes?
-Sólo actúan para mí en determinados momentos... Les he llegado a ofrecer mi mecenazgo pero siempre lo rechaza...
-Ya lo hemos hablado mi señora, mis labores me impiden dedicarme por entero a la música...
-No es sólo por sus labores, lo cierto es que...
Dejó la frase en el aire porque empezaron a llegar los primeros platos del menú de aquella noche. Carisa sonrío y en cuanto el duque tuvo su plato delante, comenzó a explicarle lo que era todo. Raine y Mikko se miraron con disimulo y asintieron.

Mikko, por las oportunidades que siempre le brinda la princesa, le está muy agradecido y se siente en deuda con ella. A él le gusta su trabajo como mayordomo pero le parecía tan poco lo que hacía, que desde que había formado su quinteto, colaboraba con los caballeros en diferentes tareas, casi siempre relativas a la recogida de información. Como músico, despertaba mucha admiración y confianza en las personas, que solían invitarlo a cenar o a tomar una copa con ellos. Se interesaban por su vida, por su mecenas (siempre lo inventaba y si sabía que era un forastero, decía que era Carisa) y solían ofrecerle cantidades ingentes de dinero para comprarlo. Mikko se dejaba camelar y así aprovechaba para sonsacar aquello que le interesase.

Algo parecido iban a hacer con el duque, aprovechar su inteligencia, su educación y experiencia con tantos nobles, para intentar saber algo más de él desde su posición de músico admirado. Era un buen método que funcionaba... aunque habitualmente, en el caso de los pretendientes, las intenciones eran otras.

La desconfianza de Carisa provenía de la costumbre que tanto Raine como Mikko habían adquirido en los últimos dos años de tomarles el pelo o incluso ridiculizar a los pretendientes. La primera vez que lo hicieron fue a petición de Carisa, en un intento desesperado de deshacerse de uno de ellos. A partir de entonces, lo hacían por cuenta propia, sin pedir permiso a Carisa, que en el fondo les daba su aprobación, pese a la pequeña regañina que siempre les echaba.

Por eso y aunque pareciera fácil, debían tener pies de plomo con lo que se traían entre manos, porque Carisa no sería tan indulgente con ellos por esta vez.

La cena y el entusiasmo de Carisa, sirvieron para relajar el ambiente y para acortar las distancias entre el duque y Carisa, gracias al vino que estaban tomando.
-Me ha gustado mucho todo, querida, especialmente la música. Ha sido una agradable sorpresa-Carisa miró de soslayo tanto a Raine como a Mikko.
-Gracias, para mí ha sido un placer preparar la velada-el duque le cogió suavemente de la mano y posó sus manos en ella. Mientras lo hacía, ambos estaban centrados en ello y no vieron como Raine le daba un codazo disimulado a Mikko.
-¿Me permite una pregunta señor?
-Puede llamarme Oliver-respondió éste con amabilidad.
-¿De dónde viene?-Carisa alzó las cejas desconcertada por lo directo de la pregunta y la confianza, aunque ambos habían charlado durante la cena. El duque sin embargo río a carcajadas
-Eres un muchacho muy listo. Por lo que hemos estado hablando, has debido ya de adivinarlo. Sí, soy de Tielo, la cuna de la música de Amaranta. Por eso amo la música y la echo tanto de menos, pues mi ducado está en Aodán. No cuento con tan buenos músicos en mi corte-explicó con nostalgia.

Mikko no desaprovechó la ocasión y siguió la conversación. No sabían si por el vino o porque se sentía más cómodo, pero el duque no le pareció a Raine tan reservado. Ni siquiera tan forzado y le sorprendió la cantidad de información que les brindó con mucha más naturalidad. Y lo escuchó con atención, al igual que Carisa, que lo hacía con cierta ternura...


-Tengo que daros las gracias a los dos... por la velada.
El duque se había despedido de ellas en el pasillo y ahora estaban delante de la puerta de la habitación de Carisa.
-No hay de qué
-¿Ha habido algún motivo por el que lo habéis organizado?-Raine se puso un poco tensa y Carisa lo notó-dudo mucho que lo hayáis hecho para agradarle... y os conozco muy bien-su caballero desvió la mirada y guardó silencio unos segundos, pensando en cómo decírselo sin ofenderla.
-Sólo estaba un poco preocupada, la verdad es que el duque es...-antes de terminar la frase, Carisa le rodeó el cuello con sus brazos.
-Gracias de verdad. Por preocuparos por mí... pero quedaos tranquilos ¿vale?-le pidió mirándole directamente a los ojos-no es mala persona-afirmó con seguridad-y además, por una vez... me gusta de verdad.

No era necesario que se lo dijera con esa sonrisa dulce y tan convencida porque era evidente que le gustaba. Pero el saberlo de su boca, le hizo ser consciente de la situación real en la que estaban y de lo que sentía dentro de ella. No era algo que había despertado si no que con el día tan ajetreado que había tenido y habiéndole dado prioridad a otras preocupaciones, no se había dado cuenta de ello. Y estando ya muy agotada, lejos de dormir, tuvo tiempo de pensar durante buena parte de la noche.

Por eso tenía unas prominentes ojeras cuando esperaba a Carisa y al duque de Bonaventura en la entrada del jardín. Carisa quería llevarlo al paseo matutino por él y ella seguía bastante cansada, por lo poco que había dormido. Para colmo, seguía dándole vueltas a la cabeza. A su situación como la mejor amiga de la princesa. Y a su situación como Caballero Guardián.

Por suerte o por desgracia para ella, sus pensamientos y preocupaciones quedaron irrumpidos por la llegada apresurada de un guardia al lugar donde estaba ella. Solo cuando vio su aspecto, se dio cuenta de que venía del jardín.
-¡Comandante! ¡necesitamos su ayuda urgentemente!
-¿Se puede saber qué pasa?

El guardia se sobresaltó pero ella sintió que se le iba el color de la cara cuando oyó aquel sonido proveniente del jardín.


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