viernes, 23 de septiembre de 2011

Fragmento para Cuentaminados

Os dejo el escrito que mandé para Cuentaminados. Tiene demasiados cabos sueltos pero bueno, mi intención era esa. Con el tiempo puede que la amplíe o escriba más sobre la historia




El sonoro trueno precedió a una torrencial lluvia. Todo el mundo corría a sus coches o a refugiarse a donde fuera posible en aquella extensión de tierra, construcciones y lápidas. Sólo dos figuras, delante de una muy reciente, no parecían molestas con el agua.
-¿Y ahora qué?
-Creía que ya lo sabías
Estaba arrodillada y acariciaba su nombre grabado. Miles de sensaciones luchaban por embargarla más que la tristeza que le provocaba. Excitación, alivio, melancolía, añoranza, orgullo, ansiedad. Culpa. Impotencia.
-Ya no puedes hacer nada para que vuelva, asúmelo. Es tarde, no hay vuelta atrás-estaba de pie tras ella pero sonaba como si le susurrase al oído.
-Lo se perfectamente, lo sé perfectamente-repitió esas tres palabras una vez más tras un breve silencio. Tenía todo grabado a fuego en su alma, que ahora se proyectaba en su mente en forma de recuerdos muy vívidos. Uno en concreto se le reproduciría para toda su vida. Lo intuía. Un día, un instante, unas palabras. Vacío. El que ya nunca más sentiría. No por amor, sino por el peor de los dolores.
-Lo sabías desde siempre... si renunciabas no había marcha atrás y lo perderías todo.
-¡Pero no así joder!-gimió con desesperación-así no me queda esperanza...-sonó una risa fría y amarga que fue prolongándose y subiendo de tonos hasta ser audible a distancia pese a la lluvia.
-Así has sido siempre y así siempre serás. Ni comes, ni dejas de comer ¿verdad? Eso es cruel-no obtuvo respuesta durante un largo minuto por lo que prosiguió-todos tienen derecho a ser felices aunque no la reciban de la persona amada. Tú le negaste eso y renunciaste a tener un segunda oportunidad. No tenías derecho a cambiar, ni recibir nada. Ahora la Muerte te lo recordará por el resto de tu vida.

Desde la capilla donde oficiaron el siguiente funeral no oyeron su profundo alarido, ni su llanto, quedando todo amortiguado por la tormenta. Tampoco nadie paseaba por los alrededores.

Cuando el rayo iluminó el olivar cercano y seco, dándole un aspecto grisáceo y fantasmal, ya amainaba la lluvia y ella se incorporó, después de dejarse caer sobre el suelo. Volvió a fijar la vista en su nombre y luego leyó la leyenda que lo acompañaba: sus padres, hermanos y amigos nunca lo olvidarían. Más lágrimas y gemidos. Ella también podría haber estado ahí. Y el día que sufrió el accidente. Y el fatídico día...que lo había llevado hasta allí. O el día que perdió a su padre. O el día que nació su sobrino. O...tantos otros días que podrían haber compartido y que de hecho compartieron. Pero no como él quiso. No como ella en el fondo... deseó. Desde que marcó para los dos unas nuevas normas. Desde que las confirmó...el día de su boda. Ya no serían los niños que jugaban juntos en el parque, ni dos locos adolescentes. No volverían a ser un equipo.
-¿Qué es lo que eres?-dio un respingo,pensó que se había ido-o mejor dicho ¿qué serás a partir de ahora? ¿el tren que se marcha de la estación? ¿o el pasajero anclado en el mismo andén, viendo a los trenes de marcharse sin parar tan siquiera?
En otro momento le habría recriminado su impertinencia, volviéndose a mirar, pero no tenía fuerzas ya. Además ¿no tenía razón? Ella siempre buscó tranquilidad y estabilidad, lo que sabía que le daría un matrimonio. Rió ella ahora con amargura. Había sido una verdadera idiota.

Ya sólo chispeaba cuando hizo de tripas corazón y se puso en pie, temblando. Se dio cuenta de que se había quedado sola. Desapareció sin despedirse como solía acostumbrar. Miró la lápida una vez más, dejando escapar un profundo suspiro y dándose la vuelta. Tenía que aprender de una vez a darle la espalda y a no mirar atrás. Pero dolía. Porque a diferencia del momento en que se fue a casa después de mentirle diciéndole que no lo quería, esta vez no volvería a verle de nuevo... llevando en su vientre lo último que le quedaba de él.

Su vida se había convertido en lo que siempre había odiado: en un caos que no podía controlar.

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