miércoles, 27 de julio de 2011

Locura transitoria


-¿Dónde están todos?
-Pues... se han ido a Cádiz a cenar.
-¿Sin esperarnos?
-Exacto. Eso te pasa por tardona.
Casandra miró a su amigo Adrián con escepticismo. Aquello era muy raro y lo conocía muy bien. Se traía algo entre manos seguro. Adrián lo notó pero no le importó. Tomarían algo cerca de la playa, era de noche y había luna llena. A ella le encantaba, así que se le olvidaría muy pronto. Y sí, se traía algo entre manos.

No se equivocó y la chica se olvidó del plantón de los demás, de pensar en qué estaría tramando Adrián y se centró en la comida que le estaban sirviendo en un chiringuito cercano. Siempre disfrutaba de la comida, fuera la que fuera.

-¿Me acompañas al hotel un momento?
-¿Qué se te ha olvidado?-lo miraba con burla porque sabía que era muy olvidadizo.
-Nada... sólo quiero coger mi chaqueta. Creo que va a hacer frío.
-Eso te pasa por canijo-le dijo clavandole uno de sus largos dedos en el costado
-¡Estate quieta! Tú deberías hacer lo mismo-le sacó la lengua en clara respuesta.

Sin embargo, cuando llegaron, decidió pasarse por la habitación que compartía con las chicas, para retocarse el maquillaje. Y peinarse, porque Adrián se había pasado todo el camino dándole tirones. Nada más entrar, encontró sobre su cama un pequeño sobre y una rosa, que antes de salir dos horas antes, no estaban. Miró a su alrededor, intentando buscar pistas de quién podría haber entrado durante ese tiempo que habían estado fuera pero todo estaba tal cual lo había dejado ella, que había sido la última en salir. La única forma de averiguarlo era abriendo ese sobre. Dentro había una cuartilla donde sólo estaba escrito:

                              Sigue el rastro de luces

La letra le resultaba familiar... ¿Adrián? No, no podía ser, había estado con ella en todo momento.
Casandra volvió a mirar a su alrededor y luego, de forma instintiva, salió al pasillo. Allí en el suelo, delante de la puerta de la habitación, había una pequeña esferita de luz roja. Asomó su cabeza y se dio cuenta que a lo largo del mismo, se veían más luces rojas. Salió, cerró la puerta con el bolso en una mano, y el papel en otra. Algo la impulsaba a seguir las pequeñas esferas, no sin antes avisar a Adrián. Pero no contestó, así que imaginó que estaba en la recepción del hotel esperándola.

Bajó apresudaramente por las escaleras, las tres plantas del hotel hasta que casi al llegar a la recepción, el rastro de esferas se desvió por el pasillo que dirigía al jardín donde estaba la piscina. Se mordió los labios. ¿Avisaba a Adrián de lo que ocurría?
-No, se reiría de mí-movió la cabeza, murmurando para sí y sacando el móvil. Le mandaría un mensaje diciéndole que lo esperaba frente al chiringuito donde habían cenado.

En el jardín no había casi nadie, excepto algún niño correteando y alguna pareja de ancianos que ya esperaba la actuación de todas las noches. El rastro de luces terminaba allí... a excepción de una hamaca. Sobre ella, había cuatro esferas rodeando otro sobre. Río divertida, aquello le empezaba a gustar. Ya no sentía miedo.

                                 Ahora tu luz es la luna

-¿La luna?
Miró por todos lados, confundida con aquel mensaje. Buscaba de hecho más esferitas como las rojas, pero de color blanco, algún objeto con forma de media luna (recordaba algún cuadro en el restaurante)... pero se percató de que el mensaje era más sencillo y claro. Alguien entró por la puerta que llevaba al sendero que terminaba en la playa y vio que la luna iluminaba aquella zona del pueblo en esos momentos.
El corazón se le subió a la garganta y se dispuso a seguir el camino con paso tranquilo, observando la lejana playa. Como la mayoría de focos estaban apagados, era la luna la que iluminaba un buen tramo de arena y mar. La estampa era hermosa.

Casandra recorrió al mismo ritmo la playa, cerca de la orilla, observando el entorno con gran atención. Su vista era como la de un gato a la hora de mirar en penumbra pero no lograba captar nada fuera de lo común. Empezaba a cansarse cuando le sonó el móvil. Era Adrián.
-¿Dónde estás? Estoy esperándote en el chiringuito.
-Ehh...-se quedó en silencio ¿se lo decía?-estoy paseando por la playa-pensó que se reiría pero simplemente le dijo.
-¿En serio? Entonces te esperaré tranquilo aquí-el tono de su amigo fue cambiando y surtió el efecto que él deseaba.
-¡No! ¡no te preocupes! Ha sido un momento tonto, voy ahora mismo para allá
Cortó la llamada para no darle tiempo a que le llevara la contraria y volvió sobre sus pasos. Aquello le sirvió para llegar al lugar que buscaba. No se dio cuenta de que a pocos pasos de donde le había llamado Andrés, había una serie de piedrecitas que al fijarse, formaban letras.

                       Te quiero

La brisa no era fresca pero le sacudió un escalofrío. Justo debajo, había una estrella de mar. Se inclinó para cogerla porque era una estrella de lana que alguien había hecho con bastante torpeza. Sabía que significaba aquello y de hecho en el centro pudo reconocer sus inicales. Al ponerse de nuevo de pie, notó una presencia a sus espaldas.
-Hola mi pequeña estrella-al volverse la vio allí y tan bellamente iluminada por la luna, que pensaba que era una ilusión.
-Eira ¿qué haces aquí?
-Celebrar tu cumpleaños-le enseñó dos copas con una mano y vio que en la otra llevaba una botella de champán. Casi se había olvidado de la hora ¿eran ya las doce?
Eira sonreía radiante mientras descorchaba la botella y servía la bebida en las dos copas. Casandra la observaba muda de la impresión. Ni la esperaba allí... ni esperaba nada de aquello. ¡Cómo la iba eesperar!
-Chin, chin-le entregó su copa y brindaron. Una iglesia lejana anunció la llegada de la medianoche-feliz dieciocho-añadió antes de beber de un solo trago. Ella en cambio casi no pudo, por el nudo que se le estaba haciendo en la garganta. Se estaba emocionando y era incapaz de enfadarse con Adrián. Ese mamón, seguro que estaba detrás de todo aquello.
-Gracias-dijo a duras penas. Eira le besó en la frente antes de sentarse junto a su propio mensaje en la arena. Se dio cuenta de que estaba descalza e hizo lo mismo, quitándose los tacones que ya llevaban rato provocándole mucho dolor en los pies. No se había dado cuenta de lo poco adecuado de su calzado cuando salió a seguir las indicaciones de las notas.

-¿Cuándo has llegado?-le preguntó tras cinco minutos de silencio, viendo como el agua comenzaba a lamerles los dedos de los pies.
-Esta misma tarde-como Eira seguía sin mirarle a los ojos, concentrada en las piedrecitas que poco a poco empezaban a desaparecer, no vio el gesto de su amiga, que indicaba que sabía que había sido su hermano mellizo, su gran aliado.
-Vaya... así que has tenido tiempo de sobra de prepararme todo esto...
-Con un poco de ayuda pero sí-esta vez sí la miraba a los ojos y sonreía de nuevo pero Casandra agachó la cabeza.
-¿Por qué Eira?
Tuvo un déjà vú al pronunciar aquellas palabras. Hace poco más de un año que habían pasado por una situación muy similar en un momento que su amiga misma consideró, de locura transitoria.
-Porque quería estar contigo un día como hoy. Como siempre he estado, en los momentos importantes.
-Si el año pasado no...
-Pues por eso mismo, pequeña-la cortó-quería compensar que no estuve contigo hace un año.
Calló para llenar de nuevo sus copas con más champán. Al principio, Casandra pensó que no quería hablar del tema pero cuando le preguntó si se seguía sintiendo culpable le respondió de inmediato.
-Ya no-movió la cabeza para dar más énfasis a sus palabras-ya he aprendido de mis errores. Maldije por mucho tiempo mi estupidez porque creía que te perdería por ella. Pero-hizo una pausa para beber-logré asumir mi error... mi cobardía.
-¿Cobardía por qué? ¡No todo el mundo tiene el valor de confesar lo que siente!-Eira se echó a reír
-¡Pero si te emborraché primero antes de decirte nada! Tenía tanto miedo que quería que la resaca se llevara mis palabras lo más rápido posible. Y además no te dije todo lo que te tendría que haber dicho.

Había dejado la copa sobre la arena y la botella a un lado. Sus ojos grises brillaban mientras miraba hacia el mar y su pelo lacio comenzaba a ondear con la brisa que se estaba levantando
-¿De verdad lo crees necesario? Siempre has estado a mi lado, en las buenas y en las malas apoyándome. Demostrándome lo importante que soy en tu vida-Eira se volvió a mirarla con una sonrisa tierna y posó su mano en su cabeza.
-Je... pero tú eres muy desconfiada y a mí desde luego no me creíste.
-Pero...
-¿Con cuántas chicas me has emparejado?-le preguntó burlona, sacándole la lengua. Casandra enrojeció avergonzada-con muchas, amigas y no tan amigas. Muchas de ellas con pareja desde hace mucho tiempo, por cierto. Hay muchas mujeres en mi vida... cuando la única eres tú.

Casandra se quedó en silencio y aún más roja. El nudo de su garganta empezó a aflojar y dio lugar a las lágrimas. Se tapó el rostro mientras Eira la miraba sorprendida. No esperaba esa reacción.
-Perdona-dijo a duras penas-pero entiende que es un poco difícil para mí. Tú eres una chica muy linda, que de seguro tienes a tu alrededor a chicas más guapas que yo... con las ideas más claras y sin tantos temores. O complejos.
Con cada palabra, más lágrimas brotaban y más estupefacta dejaban a Eira. Ella, al ver que no decía nada más, rodeó sus hombros con su brazo y la atrajo hacia sí. Aún le olía el pelo a la colonia que se había echado antes de salir.
-¿Me entiendes ahora? ¡Si es que las cosas hay que decírtelas!-dijo divertida aunque no logró parar el torrente de lágrimas-te lo he dicho pequeña, eres la única para mí. Te quiero con tus miedos y tus complejos. ¿A quién si no voy a querer? Eres la única que me despierta tantas cosas.

Casandra tenía apoyada la cabeza en su pecho y con el latir del corazón de su amiga, se fue tranquilizando. Una calma que no estaba segura si también era provocada por el alcohol... No, era Eira. Era su presencia lo que la tranquilizaba y ¡qué diablos! también sus palabras. Se dio cuenta que llevaba más de trecientos sesenta y cinco días esperando esas palabras. Ella era consciente de la fuerte conexión que había existido entre ellas desde que se conocieron. Fue verla y sentir como si se conocieran de toda la vida.

¿Era amor aquello? No sabía cómo definirlo. Bien podía pasar días enteros sin verla pero que al estar de nuevo juntas se daba cuenta de lo mucho que le había echado en falta

¿Era amistad entonces?... ¿qué más daba? Sólo sabía que no le importaba ser llevada de vuelta al hotel cogida de su mano. Y que le encantaría tenerla a su lado siempre. Más ahora tenía la certeza de lo que siempre había creído:

Eira pensaba y deseaba lo mismo que ella.

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