jueves, 9 de julio de 2009

Alejandra

Alejandra. Dios, deseaba hasta su nombre. Lo habría gritado y gemido tantas veces aquella noche. Alejandra, Alejandra, ¡Alejandra! No se cansaría de repetirlo tantas veces pero ya estaba extenuada. Bastante lo había hecho ya esa noche.

Se removió un poco en la cama pero estaba apresada bajo sus brazos y tenía los sentidos de una verdadera elfa, tal y como había personificado aquella noche y casi el instante de hacer el primer movimiento, ya notaba como la abrazaba y la atraía para su cuerpo. Como siguieran así, podían seguir el resto de la tarde porque cada vez que lo sentía contra sí, ardía en deseos de devorarla. Y es que tenía un cuerpo que cualquiera se negaba. Ella misma lo había intentado pero había caído rendida a sus encantos. Por eso estaban en la cama de su apartamento, que no se habían movido desde la noche y eran ya las doce de la mañana. Disfrutando de los placeres de la vida y los que le daba esa perfecta anatomía a la que se sentía atraída como un imán. Un cuerpo que era pecado mirarlo y tocarlo era hacer un pacto con el diablo. Para condenar tu alma para toda la eternidad. Y ser tocada por sus manos y su piel, era tocar el cielo.

La conoció un fin de semana cualquiera en una de sus infinitas fiestas a las que se apuntaba y aquella vez era en una conocida discoteca de ambiente. Estaba apostada en la barra con una amiga, tomando algo y le entró por los ojos nada más pisar la discoteca y verla allí. La preciosidad de aquella sala. Siempre daba varios barridos en el garito de turno o en la sala de fiesta que tocase, fichando y seleccionando a las chicas más sexys del lugar. Si podía acabar la fiesta en buena compañía, sería siempre la guinda al pastel porque hacía todo lo posible en pasárselo en grande.

Ella iba sola en aquella ocasión y tenía el apartamento solo así que quería aprovechar aquella oportunidad como fuera. Tras hacer las inspecciones de rigor, se dijo que iría a por ella. Esperaba que la acompañante no fuera algo más que una amiga pero le daba en verdad un poco igual. Ya llevaba un par de cervezas en el cuerpo, en la pre-celebración de cumpleaños de su vecina (ese era el motivo de su presencia allí) en su casa con las locas de sus amigas. Tenía cogido el tono pero por otra copa más... así al menos tenía una excusa para hablarle.

Comenzaron así a hablar. De nimiedades como la fiesta, la discoteca, de aquella conocida, de la otra, de una chica, de un cotilleo. Al principio ella, su objetivo y su amiga, luego esta última empezó a dejarlas solas cuando la conversación comenzó a subir de tono y a darse cuenta que si se quedaba cinco minutos más, se sentiría como una aguantavelas.

En una hora ya estaban acercándose peligrosamente y en media más ya conocía el sabor de sus labios. Y a las dos horas de conocerse, le preguntaba su nombre camino de su apartamento cogidas de la mano. Quería saber el nombre de aquella belleza para poder gritarlo a la noche a los cuatro vientos. Que temblara la luna al sentir su voz, como temblaba ella de placer.
-Me llamo Alejandra.
Alejandra, un bonito nombre. Como ella. Con la misma fuerza que aquella corriente eléctrica que sentía cada vez que la tenía a tan poca distancia de su cuerpo. Apenas la conocía pero sentía una atracción y un deseo que no recordaba haber sentido antes o no recordaba la última vez que lo sintió. Sin hablar de la conexión especial que tenían. En temas de conversaciones... y en la cama.
¡Por todos los dioses que sí gritaría su nombre! Toda la noche prendida de sus caderas. La volvió loca. ¿Cómo podía ser que conociera su cuerpo como si fuera el suyo propio? ¿Cómo podía acariciar de aquella manera, que milésimas de segundo antes de posar sus manos su vello se erizaba a su paso? ¿Qué tenían sus manos? ¿Y sus labios para darle placer de aquella manera, al beber de ella?

No lo sabía pero había sido tan salvaje... tan increíble.

Aquel día amaneció sola y habitualmente le era algo normal. De hecho lo agradecía y se ahorraba de dar excusas, explicaciones o falsas promesas o esperanzas. Era lo que menos le gustaba de aquellas noches de órdago.
Sin embargo, era la primera vez que echó de menos levantarse acompañada. No sabía por qué y se volvió a preguntar ¿qué diablos tenía ella para seguir prendada de su ser aún después de haberse ido?

Para su sorpresa, su vecinita la conocía y le reveló una información interesante.
-No puede ser.
-Sí puede ser. Es así Maite, no lo niegues que no te servirá. Ni le ayudará, ni cambiará el hecho. Ni ese, ni lo que os pasó anoche-terminó con una sonrisilla-¿quieres volver a verla?
No estaba segura ¿realmente deseaba verla otra vez? Todo estaba empezando a desencajarse en su vida...
-No, no... sólo fue algo de una noche... y no quiero herirla...-su vecina la miró con perspicacia.
-¿Seguro? Me da a mí que deseas verla otra vez.
Maite negó enérgica con la cabeza. No quería volver a verla. Podía vivir sin ella. Sólo debía ser la resaca de toda la noche. Se le pasaría en unos días y volvería a la carga otra vez en la siguiente fiesta: la de disfraces de Eva, su compañera de habitación.

Eso es lo que ella creía y en menos de veinticuatro horas se dio cuenta que había un olor que le recordaba a ella: el de la hierba fresca. Y se le ponía el corazón en la garganta al rememorar esa noche. Su vecina no la ayudaba demasiado en la labor de olvidarla y no hacía más que hablarle de ella. Sin mencionar que le dejó caer como si nada la palabra “enamorada” en más de una ocasión.

Acabó añorándola de verás y quería verla una vez más. Llegó entonces la fiesta de disfraces y su vecinita le hizo el favor de invitarla. Para qué lo haría. Venía bellísima, vestida de elfa. Qué disfraz. Qué traje. Ocultaba lo justo y enseñaba lo necesario. Hablaron de nuevo parte de la noche, sin mencionar la última que pasaron juntas. Deseando en todo momento su boca, tanto que le costaba concentrarse en las palabras que salían de ella. Su boca, sus ojos que la hechizaban y sus manos, que se movían inquietas, tanto que a veces las volvía a imaginar sobre sus pechos.

Toda la madrugada y toda la mañana. Desde las tres, que se escaparon a su habitación cuando la fiesta ya empezaba a decaer y hasta esa hora, las doce. Horas y horas amándose. El disfraz en el suelo y su cintura libre para volver a su labor de enloquecerla. Enloquecerla hasta el punto en que sentía que no pertenecía más que a sus manos, a su cuerpo que no era capaz más que de entregarse. No podía alejarse. Se sentía suya y por algún motivo, el suyo también lo sentía de ella. ¿Cómo podía ser si casi no se conocían? Pero era innegable la conexión entre ellas, el vínculo que se había creado con tanta rapidez y tanta profundidad.


Ya que no estaba dispuesta a dejarla libre, se volvió, quedándose sus rostros a pocos centímetros. Los de la tentación. Mirándose mutuamente o mirándola, porque Alejandra los tenía cerrados y simplemente se dedicaba a palparle la cara con dulzura.
-No soy capaz de alejarme de ti-le dijo besándola en la frente-si me voy siento que dejo una parte de mí aquí. Siento que te necesito. Y que tú me necesitas.
Maldijo a su vecina. La puñetera tenía razón. Se estaba enamorando de ella. Sus palabras le calaron hondo y la emocionaron. Lloró. Lloró porque hacía tiempo que no se sentía ni especial, ni querida, ni deseada de verdad. Ni que fueran capaces de removerle el alma como lo hacía ella. Y casi sin saber apenas de su vida, sentía que la conocía desde siempre.
-Te he echado de menos desde la última vez-dijo Maite a duras penas, cerrando también los ojos.
-Me fui porque pensaba que era lo que querías-la abrazó-por la forma de hablar sobre qué asuntos, pensaba que te facilitaría las cosas si me iba. Te quitaría un peso de encima.

¡Qué maravillosa sensación la de sentir su cuerpo así! Lo deseaba pero por la calidez que le transmitía. Hasta cerca de las una que se quedaron así, compartiendo tiernas caricias.

No sabía que pasaría con ellas. En eso pensaba Maite mientras se vestían, después de que se ducharan juntas. Le había dejado algo de su ropa. Le estaba que ni pintada. La ayudó a salir de la habitación y luego la dejó en la puerta mientras buscaba su blanco bastón para así poder llevarla a casa.

No sabía lo que pasaría con ellas dos pero sabía que a aquello no se tendría que acostumbrar porque era parte de ella como todo lo que amaba de su cuerpo.

Su ceguera casi total que no velaban la belleza y la magia de sus ojos.




[Terminado el 17 de Junio de 2009 de madrugada]

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