domingo, 7 de octubre de 2012

El salón del trono



Su presencia era más simbólica que otra cosa y se usaba para eventos muy puntuales. Si Carisa estaba allí, podía temer lo peor. La ansiedad le atenazó cuando se encontró delante de las altas puertas doradas y tuvo que respirar hondo un par de veces antes de abrir una de ellas con un crujido y lentitud.

Al fondo estaba Carisa sentada en el sillón del trono, con la misma ropa de la noche anterior. Había pasado las últimas horas allí. Eso no la tranquilizó.

A diferencia de la mayoría de dependencias de palacio, el salón del trono era alargado y estrecho, como si de una galería de exposición se tratase. De hecho cumplía en cierto modo esa función pues aquí se hallaban algunas de las mejores obras de arte que representaban a los príncipes y reyes de pasadas generaciones que habían gobernado Amaranta. Antepasados todos de Carisa, de la casa Evadne, y que su padre había ordenado enviar desde Glaedwine.
Estaban representados en sendos cuadros de pinturas que se alternaban con esculturas a tamaño real de sus respectivos Caballeros Guardianes, que pasaron a la historia igual que ellos. Con armaduras completas, sus respectivas dagas y otras armas y posando de forma elegante y regia. Todos varones.

Lejos de sentirse consolada, Raine se sentía intimidad en esa situación y el nudo del estómago le apretó mucho más. Era cruel y profundamente irónico que Carisa hubiera elegido aquel lugar para llamarla. La distancia entre la puerta y el sillón se le hizo más larga de lo que realmente era.

Carisa la esperaba paciente y acomodada. El blanco de su camisón contrastaba con el dorado y la suntuosidad del sillón. Tras ella, a no demasiada distancia, se elevaban las esculturas más grandes y altas de todo el salón, hasta el punto de casi rozar el techo. A la izquierda estaba la princesa Jane y a la derecha, el que dicen que es el primer Caballero Guardián: Godric el Manco, al que todos en la orden profesaban un gran respeto.

Raine se habría quedado mirando durante horas la magnifica manufactura, tan detallada, de aquella obra de arte pero la frialdad de la mirada de su princesa no dejaba de taladrarle hasta el alma y no le quedo otra que, o prestarle atención... o bajar la mirada.

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Uno de los momentos más duros del relato pero el más necesario. Y por muchas veces que lo (re)escriba siempre se me pondrán los pelos de punta.

Es sólo parte del próximo fragmento que publique en unos días del relato. Ya va quedando cada vez menos.

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