lunes, 27 de agosto de 2012

Porque nada es lo que parece



-¿Casandra?

Fuera estaba lloviznando y ella había salido sin paraguas. Estaba en la puerta de mi casa completamente mojada, la cabeza baja, los ojos fijos en sus pies y mordiéndose el labio inferior.


Abrí más la puerta


-¿Quieres pasar?


No hizo más movimiento que el de la cabeza para mirarme fijamente  con los ojos enrojecidos de haber estado llorando antes de venir a verme. Se me fue el alma a los pies pero debía mantenerme firme. No podía derrumbarme tres días después de tomar tan difícil decisión. Era cuestión de tiempo que la situación se normalizara entre las dos y volviéramos a estar como siempre. Una vez que ella olvidara todo lo que había hecho...


-Eres una egoísta...-lo dijo con un hilo de voz apenas audible. Sonreí con tristeza.


-Ya lo sé y te he pedido perdón. Lo hemos hablado, es lo mejor para nosotras dos y sobretodo para ti. No quiero que te sientas incómoda por mi culpa.


Me acerqué despacio a ella, dispuesta a acariciarle la cabeza o besar su frente, como hice días atrás para consolarla. Sabía que se sentía responsable y muy culpable de lo que me estaba pasando y me sentía impotente por no saber transmitirle todo lo contrario. Era algo lógico y comprensible pues la estaba castigando con la distancia por algo que se suponía que era bueno, como era querer a una persona.
¿Complicado? sí ¿hay mejores formas de hacer las cosas que la que yo decidí hacer? también, por supuesto. Sin embargo, no lamenté mi posible error porque antes de tan siquiera rozarla, Casandra se abalanzó sobre mí y con las manos sobre mis hombros, me besó.

El que fuera algo completamente inesperado e inimaginable por mí, propició que fuera para mí un beso inolvidable, más allá de que fuera el primero que nos diéramos. También, que tuviera todos mis sentidos pendientes de cada uno de los detalles. Me besaba con torpeza e indecisión pero suficiente para saborearlos y saber que estaban fríos. El agua que le caía del pelo y de la cara me caían sobre mi barbilla o sobre la camiseta ancha que llevaba puesta. Sus manos sin embargo estaban tibias cuando de mis hombros subieron a mi nuca para pronunciar el beso, prolongándolo apenas unos segundos, antes de retirarse y marcharse sin decir nada, bajando las escaleras. Sin esperar al ascensor, ni a mi reacción. Aunque lo cierto es que tardé cerca de cinco minutos en empezar a moverme y parpadear, para ser consciente de que no había estado soñando. Nos habíamos estado besando de verdad.

Mentiría si dijese que lejos de alegrarme, empecé a cavilar y a pensar por qué había pasado aquello y en si en vez del cielo, estaba bajando un poquito más a los infiernos.

Pero no, todo eso vino mucho después porque entré en tal estado de euforia que me duró casi el día al completo.

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