jueves, 12 de julio de 2012

Al calor de tu cuerpo (Felicidad III)





Quiero que seas feliz y con ella seguro que lo eres”

-Eira...
Dicen que lo más maravilloso que le puede pasar a una persona, es oír su nombre en labios de quien ama. Indescriptible era, sin lugar a dudas, oírlo de una voz que llevabas una eternidad añorando y entre gemidos que no lograba reprimir. En un callejón por detrás de la iglesia, cerca de donde se desarrollaba la boda. Siendo además, algunas de las pocas palabras que intercambiamos. No eran falta de ganas... más bien al contrario. Sólo que una vez más, bastó un simple apretón de mano de Casandra, ya sentadas en la iglesia, para darnos cuenta que nos bastaban las caricias para comunicarnos. Solo con ellas y nuestros besos.
Después, nuestras manos peleaban con nuestra ropa, con ansiedad de sentir nuestros cuerpos. Con el ajetreo, golpeamos el montón de cajas de cartón que se acumulaban junto al cubo de reciclaje y cayeron al suelo, espantando algún animal que rondaba cerca. Casandra dio un respingo, dejando de besarme y mirando alrededor primero y luego a mí. Cogimos aliento y sin decir nada, llegamos a la conclusión de que era hora de cambiar de sitio.
Y tal y como hice en la iglesia, la así de la mano y pusimos rumbo hacia la playa, que sabía que quedaba a unos quince minutos andando.

Te mereces alguien como Victoria, con las ideas claras y su vida resuelta. Seguro que con el tiempo, es lo mejor para ti”

Solo tuve tiempo y raciocinio para asegurarme de que no había transeúntes o paseantes viendo como nosotras hacíamos el amor a las orillas del mar, porque fuimos incapaces de avanzar más y nos dejamos caer alli.
Nos olvidamos de dónde estábamos; de la ropa cara que llevábamos y que no tuvimos reparos de deshacernos de ella ,haciendo saltar botones y romper cremalleras; de que nuestra mejor amiga se casaba y en pocas horas celebraba un convite al que con total seguridad no acudiríamos; del tiempo que habíamos pasado sin vernos, ni hablarnos; ni del motivo por el cual habíamos llegado a esa situación y el que nos había empujado a comernos besos, sin importar la arena, el agua, ni de las piedrecitas, algas o conchas que también nos arañaban. Ni del sol que nos calentaba.
Todo desapareció, todo se olvidó. Todo se redujo a nuestra piel, a nuestra respiración entrecortada. Al idioma que sólo entendíamos nosotras.
Así, una verdad muda y contundente se fue revelando poco a poco, como quién deshoja una flor. Con suavidad, lentamente. Susurrada al corazón con ternura.

Me gustaría decirte algo más, hermanita, pero no puedo. Tienes que verlo por ti misma, aunque te cueste y te duela. Cuando comprendas porque lo ha hecho... sabrás qué hacer tú”

Los últimos rayos de sol eran lo suficientemente calientes y molestos para despertarme. Me moví un poco y noté que Casandra seguía durmiendo, con la cabeza apoyada en mi pecho, tapando parcialmente su desnudez con parte de nuestra ropa. Contuve las ganas de respirar profundo y aspirar su perfume, que aún se notaba, mezclado con el olor a sal y me conforme con abrazarla.
No quería pensar pero lo hacía. Los recuerdos de lo que ocurrió tres meses atrás se agolpaban en mi cabeza. Volvía a rememorar ese día una y otra vez, poco después de lo que ocurrió en su casa. Ella con él de la mano. El mundo que se empieza a romper. Sus palabras trabadas por el nudo que se le hacía en la garganta. Mis lágrimas reprimidas. Su decisión.

Sí, sigo con él”

-¿Eira?
Se incorporó un poquito para mirarme a los ojos. Así podía ver yo los suyos, somnolientos pero con la duda asomando en ellos. Otra vez.
-Yo...
Puse un dedo sobre su boca y luego la besé, sin dejar de abrazarla. Dejé que hundiera su cabeza en mi pecho. Juraría que lloraba, pero no estaba segura
-No me digas nada... ahora no.
Llevaba todo ese tiempo imaginando esa conversación con ella, pensando en qué diría y cómo se lo diría. No me sirvió de nada tener un hervidero en la cabeza. Me bastó con tenerla a mi lado para saber cómo hacerlo.
-Sólo quiero que sepas que te voy a querer toda mi maldita vida. Si tú te vas a sentir mejor contigo misma haciendo lo que estás haciendo... no objetaré nada. Pero no pienso permitir que seas una desgraciada por mí y por lo que crees que es mejor para mí. Tú eres lo que me va a hacer feliz siempre... seas mi chica o no. Así que no vuelvas a hacer algo así.
Ahora sí, rodeó mi cintura con sus brazos y lloró por las dos. Por el tiempo perdido, la distancia y el dolor pasado
Le acaricié el pelo con dulzura y no esperé respuesta porque la conocía. Por eso sonreía. Sabía que si volvía a marcharse con él, no sufriría. Esperaría el tiempo que hiciera falta hasta que ella se sintiera preparada.

Porque tenía la seguridad de que ella también acabaría luchando por lo que sentía, lo que deseaba... y lo que le hacía feliz.

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