martes, 5 de abril de 2011

Noche de magia

Tus lágrimas. Nuestros labios. Yo, al sentirte tan cerca.
Tu manos buscándome más allá de la ropa.
Ese beso que rompía con todo.
La respiración suave de esa pequeña criatura que habías tenido antes entre tus brazos
Mi locura que sólo empezaba en aquel hermoso atardecer y que daría paso a otra fría noche más.
Mi cuerpo que empezaba a arder conforme me desnudabas con torpeza.

Parecía que era tu primera vez, sin serlo realmente. Nerviosa con lo que estaba a punto de pasar y ansiosa porque ocurriera de una vez. Pero aunque yo tenía las mismas ansias quería disfrutar al máximo de ese momento, de cada caricia, de cada movimiento, de cada beso y suspiro. No sabía si aquello se iba a repetir, siempre creí que jamás sucedería y ahí estaba, contigo en aquella cama...

No dejabas de mirar, con esos ojitos que me conquistaron el primer día y habían roto cada uno de aquellos días pasados y compartidos, la barrera de mi corazón hecha por los qué dirán, por los no puede ser e infinitas excusas para no entregarme como lo estaba haciendo. Dirigiéndome a un paraíso que redescubría contigo y que ya me parecía tan lejano. Un lugar completamente nuevo y desconocido para ti.

Las marcas en tu cuerpo -que iba descubriendo de a poco- daban testimonio del infierno al que habías estado sometida en silencio.
No sabías lo que era recibir afecto de unas manos.
Nunca te habían regalado los oídos con palabras dulces.
No recordabas lo que era dar...sin recibir tantos sinsabores.
No sabias lo que era amar y ser amada.
Y a pesar de todo, tenías dentro de ti tanto por brindarme...

Tanta ternura y deseo contenidos, fundidos en una sola sensación, un solo sentimiento que ahora derrochabas sin medida. Sin miedo a nada. Y los míos desaparecieron de un plumazo después de vaciarme. Como si al correrme me liberara de la prisión de mi oscuridad.

Cuando la pequeña lloraba mi mejilla estaba apoyada sobre la única cicatriz que amabas: la que cruzaba tu vientre, fruto de esa niña por la que darías la vida. La pusiste entre nosotras con su chupete y deseé que aquella noche no terminara nunca. Porque sabía que en cuanto asomaran los primeros rayos de sol, la magia terminaría. Llegarían las dudas y los temores.

Y también... él.



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