miércoles, 29 de septiembre de 2010

Tú, mi musa

-¿Por qué?
Era única pregunta que se le ocurría y necesitaba hacerle. Por qué después de todo. Por qué a pesar de todo. Él cerró los ojos.
-No quieras saberlo...
-Dímelo... por favor-le rogó. Tras unos instantes de silencio, pronunció las palabras que ya no sabía si quería oír o no...

No muy lejos de allí estaba la galería donde los más destacados alumnos de la academia de bellas artes habían expuesto sus obras y Damián era el gran foro de atención, por su gran talento a pesar de que sólo llevaba un año estudiando allí.

Sus dos mejores amigos habían ido a visitarle a la misma capital italiana para ver la exposición y para verlo a él después de tantos meses sin verse. Desde que él se fue...
Habían llegado por la mañana cerca del mediodía, subieron a su habitación de hotel para soltar las maletas y sin deshacer el equipaje se fueron a la galería. Lograron entrar tras dos horas esperando en cola, junto a turistas que eran en su mayoría españoles y escolares o adolescentes.
-Parece que nuestro amigo es toda una eminencia-dijo Leo cuando pasó junto al cartel publicitario que anunciaba la exposición, donde se veían tres esculturas femeninas que emulaban a las tres gracias, sólo que las féminas iban vestidas como chicas del siglo XXI.
-Y estoy segura de que no le hace justicia-dijo Cata señalándolo.
Poco después llegaron a la primera sala de la exposición. Según les contó Damián, sus obras serían expuestas en las dos últimas salas de la galería pero a ellos no les importó ver el resto de las obras, ya que estaban allí. Al fin y al cabo, de seguro que las iban a disfrutar.
Pudieron ver de todo, escultura, pintura, arquitectura a escala y performance, con todas las características y temáticas posibles. Les llevó una hora más ver todo hasta llegar al final.
-Es impresionante ¿verdad?-le comentaba Cata a su amigo mientras dejaban atrás la última sala.
-Sí, son obras muy buenas pero ya sabes cómo funciona esto... pocos serán capaces de destacar... oh, vaya...-Leo se detuvo bruscamente al igual que Cata al entrar en la que era ya la primera sala donde ya exponía Damián. Comprendió por qué cuando le dejó pasar.
La sala era ocupada por una representación escultórica de un paisaje, una especie de parque o bosque tan realista que por unos momentos se vieron trasladados a la más bella de las naturalezas. La pieza central era un gran árbol frondoso de mármol blanco con tal lujo de detalles que hacía innecesario pintarlo. Pero Cata y Leo se dieron cuenta que le ocurría a todas las piezas allí repartidas conformando un cuadro cuánto menos, extraño y bello, pues el color de los diferentes materiales utilizados contrastaba con el verde de la hierba artificial del suelo y las paredes que habían sido pintadas emulando un espacio abierto. Una sala preparada a conciencia para aquellas piezas. Allí mismo estaban las Tres Gracias, que parecían tres amigas de camping que jugaban juntas (a tamaño natural además); un banco de un material que parecía ser piedra, bellamente labrado, esculturas que representaban a niños y jóvenes, de los cuales algunos estaban desnudos y representaban a parejas en actitud insinuante; un cervatillo que se escondía de las tres chicas, tras el árbol. Y por último, una fuente que echaba agua al final de la sala.
Leo y Cata se fueron acercando despacio hasta el árbol, sin saber hacia donde mirar porque poco a poco iban descubriendo nuevos detalles. Tenían además en la cabeza la pregunta de si las paredes fueron pintadas por el propio Damián.
-Es....alucinante.
Cata dejó a Leo clavado junto al banco y decidió buscar la entrada a la siguiente sala (ubicada en la perfecta perspectiva de un sendero que se perdía en el horizonte). Tenía un presentimiento extraño que le invadió cuando se fijó en una de las tres parejas de jóvenes que había, en el rostro de ella. Sin embargo, antes de cruzar la puerta, paró en seco y detrás de ella no venía Leo si no una pareja de turistas de mediana edad con los que se disculpó en inglés después de hacer que chocaran con ella. Luego bajó la vista a sus pies y se le heló la sangre. Cuando varios segundos después la encontró Leo, tenía las manos en la cara. Aquella pequeña escultura no se podía ver desde el otro lado de la sala, tanto por su tamaño como por su disposición pues quedaba oculta por el árbol: era una pequeña hada con una pose graciosa, sentada en la hierba, con los brazos rodeando sus rodillas y mirando a su alrededor como disfrutando de todo aquello.
-Estoy viendo... lo que yo creo que estoy viendo... no ¿verdad?
-Estás viendo lo que tú crees que estás viendo.
Su amigo guardó silencio con la vista fija en la escultura, concretamente en su rostro. Al ser tan detallista no era difícil apreciar que aquella escultura estaba hecha a partir de una modelo real... y la tenía junto a él. Sólo bastaban unos segundos para ir encontrando parecidos y llegar a esa idea. Y conociendo como conocía él la historia...
-Nunca pensé que lo haría...-dijo ella con voz débil. Después, como llevada por un arrebato, entró a la otra sala, llena de pinturas, dibujos, bocetos y esculturas más pequeñas y en materiales más blandos, todo en su mayoría relacionado con el trabajo hecho en la sala que la antecedía. Leo vio cómo Cata se detenía en cada uno de los dibujos o bocetos que veía durante unos segundos para pasar luego al siguiente, así hasta que al cabo de medio minuto, se quedó en el centro, dejándose caer de rodillas. Los mismos extranjeros con los que tropezó la miraron con extrañeza antes de abandonar la sala. A Leo se le hizo un nudo en el estómago.

Tardó más de cinco minutos en sacarla de allí. Fuera, la guió bajo un portal para refugiarse de la llovizna que había comenzado a caer. Se sentaron en el escalón y se quedaron en silencio, mientras ella tenía la cabeza hundida en las rodillas que se abrazaba con fuerza. Él se limitó a acariciarle la cabeza con ternura, pensando en lo mismo que estaba pensando ella.
Francamente nunca imaginó nada de lo que habían visto allí ni por asomo. Conocía bastante de la historia puesto que la había vivido casi tanto como sus dos protagonistas, ya fuera porque se convirtió en el confidente de cada uno sin que éstos lo supieran o ya fuera porque había sufrido con Cata todo el proceso que le llevó a olvidar a Damián... o al menos intentar enterrar sus sentimientos hacia él.
-¿Por qué?
Una pregunta que eran como brasas ardiendo dentro de ella y que no dejaba de quemarle desde que vio a la ninfa. Y por desgracia él tampoco tenía respuestas a sus lamentos.
-No lo sé Cata. Me ha... sorprendido tanto como a ti-ella tenía la vista clavada en el infinito y lo agradeció. Lo que peor que llevaba era mentirle. Era cierto que le había sorprendido pero...
-Es que nunca imaginé que yo... fuese... siguiese siendo su musa. Pensaba que nunca lo fui-suspiró y volvió a guardar silencio.
-Llegaste a posar para él-y para no resultar demasiado evidente añadió-¿verdad?
-Sí Leo, acepté su propuesta y posé para él-señaló vagamente con el dedo a la galería-casi todo el material que hay ahí dentro es sobre las dos sesiones que tuve con él-Leo frunció el ceño
-¿Dos sesiones?-estaba claro que Damián no le llegó a contar todo...
-Sí, dos sesiones... con la primera no fue suficiente-Cata se sonrojó y luego comenzó a contarle todo con todo lujo de detalles. Le contó que cedió a los ruegos de su amigo para que posara para él y no con poca reticencia... desnuda. O no completamente desnuda en la primera sesión, donde Damián invirtió más tiempo en convencerla que en tomar algunos bocetos. Por eso hubo una segunda sesión donde Cata se dejó hacer.
-Posé durante una tarde entera para él y aunque me sentí cohibida, a pesar de la primera sesión, hizo todo lo posible porque al final me sintiera cómoda con él... lo suficiente para... bueno. Ya sabes-Leo asintió y volvió a hundir su cabeza entre las rodillas-fue así como acabé muy convencida de que él sentía por mí lo mismo que yo por él. Luego me quedó claro que me equivocaba.

Leo le revolvió el pelo instándola a no seguir porque sabía que lo que continuaba a aquello era demasiado doloroso para volver recordarlo y ya lo había oído las suficientes veces. Nunca había sabido nada sobre aquellas sesiones, al menos sabía que Cata posó para él pero ni uno ni otro le contaron con esos detalles, lo que pasó. Nunca entendió por qué Cata se sintió tan segura de los sentimientos de Damián. Ahora que se lo había contado...
-¿Recuerdas esa escena de la película Titanic?-había vuelto a levantar la cabeza. Lloraba. Al parecer, una vez con fuerzas de hablar todo aquello, iba a seguir hasta el final. Leo tragó saliva.
-Cuando Jack está...
-En ningún momento salió esa secuencia de mi cabeza porque supe como se debió de sentir Rose cuando Damián comenzó a pintarme y a dibujarme. Su lápiz me contorneaba como si me acariciara y en sus ojos vi que deseaba hacerlo durante el tiempo que duró la sesión, que pasó en un suspiro porque para mí, dejaron de transcurrir las horas-hipó-fueron tantas las sensaciones, lo que vi en él que...
-Ya está por favor, es suficiente-Leo la abrazó con fuerza-sé por todo lo que pasaste y no necesito que lo revivas más.

No supo cuánto tiempo estuvo Cata con la cabeza hundida en su pecho hasta que recibió un mensaje en el móvil. Miró y evitó hacer una mueca para no delatarse. Era Damián, recordándoles su cita para almorzar en media hora. Su amiga hacía rato que había dejado de llorar pero sin mirarla sabía que no estaba en condiciones para presentarse ante él.
-¿Quieres que retrase la cita?-le susurró al oído.
-No, no merece la pena-confirmó sus sospechas cuando lo miró a los ojos. Los tenía hinchados. No le contestó y le escribió a Damián que se retrasarían un poco. Luego se levantaron y acompañó a Cata al cuarto de baño de un restaurante cercano. Así, con mejor cara, emprendieron el camino hasta el lugar donde comerían con su viejo amigo aún a sabiendas que aquello no había hecho más que empezar. Especialmente cuando lo vieron a lo lejos, en la puerta del restaurante, vestido de la misma manera que cuando lo conocieron... el primer día de clase.
******************

Venía sustituyendo al profesor titular de la asignatura y sorprendió a todos por su juventud. Apenas acababa de licenciarse, era becario y ya estaba impartiendo clases. Se llevaba bien con todos pero parece que quién más le llamó la atención fue Cata y por extensión Leo. Tal vez porque se sentaban siempre en primera fila, porque a Leo le entusiasmaba la asignatura... o simplemente por Cata. Tenían además muchas cosas en común y propició una relación más allá de las clases. Fue así como se hicieron íntimos los tres.

Se convirtieron en el punto de mira de los cotilleos y de la envidia de muchos. Damián era guapo y todas las chicas suspiraban por él, así que el que Cata fuera su preferida...
Ella por su parte, ignoraba todo. De hecho, todo desaparecía a su alrededor cuando estaba con él porque le gustaba y mucho. Y él parecía estar a gusto con ella, muy a gusto. Al cabo de unos meses, y a pesar de acabar su sustitución, se siguieron viendo y según iba sabiendo Leo por boca de ambos, tuvieron muchas citas... entre ellas las sesiones de dibujo y pintura...

Evitaron en todo el momento comentar la exposición. Leo se esforzó en que Damián contara qué había sido de su vida en todo ese tiempo, que había hecho, que proyectos tenía en mente después de aquel reconocimiento, si volvería a España... durante casi toda la comida, primer y segundo plato, consiguió su objetivo. Pero para el postre, en el momento en que volvía del baño, estaban ya enfrascados en la conversación maldita.
-Dímelo... por favor-fue lo único que consiguió oír y antes de que dijera el resto, decidió dejarlos solos. Conocía esas palabras y sabía que tal vez, no le iban a hacer ningún bien a Cata, más después de ver la exposición... pero sabía que Damián necesitaba decirlo.
-Porque te mentí Cata... porque eres y serás siempre mi musa-lo dijo con los ojos cerrados pues no quería ver la cara de ella, con las mejillas que empezaban a surcarse de lágrimas-porque... te quiero...
Cata se levantó de su asiento bruscamente, miró a Damián de una forma difícil de definir y después se marchó. Pasó al lado de Leo sin verlo y éste se quedó sin saber si volver a entrar o irse tras ella. Se decidió por lo último pero ella simplemente no se dejó agarrarse por él y le murmuró que se tranquilizara. Necesitaba estar sola y que se iría al hotel. La vio alejarse con la cabeza gacha y con paso rápido. Suspiró. Demasiadas emociones para unas pocas de horas. Al entrar, se encontró a Damián con las manos en la cabeza y los codos sobre la mesa, entre los que estaba el platillo con la cuenta, ya pagada.
-No me he salido con la mía-dice con una sonrisa irónica
-Sabía que pasaría si veía mi exposición.
-Tanto su reacción como la tuya ¿verdad?-se decidió a sentarse frente a él para dejarle claro que no iba a cumplir lo que iba a decir a continuación-me dan ganas de pegarte... igual que aquella vez. -¿Sabes qué? Me lo merecería igualmente.

Hay días que no se olvidan y para Leo, el día que Cata llegó a su casa como un espectro, despeinada y con la misma ropa del día anterior era uno de esos en los que siempre recordaría con un escalofrío. Más de doce horas antes la había visto irse preparada para la ocasión y aunque no había logrado sacarle a su amigo una confesión, hasta él estaba seguro de que aquello llegaría a muy buen puerto. Sólo había que verlos. Por eso cuando la vio aparecer en su casa por la mañana temprano se temió lo peor. Y cuando le contó el desastre de noche que había tenido, se quedó helado. Nada le encajaba ¿o hasta él se había equivocado? ¿sería que no conocía tan bien a Damián?
Y a pesar de la lógica de la idea fue en su busca a la facultad porque sabía que allí lo encontraría. Gracias a Dios que ningún profesor se encontraba cerca porque en cuanto lo vio le dejó de ir su puño a la cara de Damián, sin comprobar quién estaba con él. Le había acertado en la boca y tirado como quedó en el suelo, con el rostro desencajado por el dolor y la sorpresa, le dijo de todo. Damián no respondió, ni se defendió, aguantando estoicamente lo que le caía, una reacción de la que sólo se percató Leo pasado el tiempo y pensando en frío. Cuando por último, dio un golpe en el suelo, destrozándose los nudillos, Damián pudo al fin responder. Sería la primera y por el momento, la última vez, que lo vería de llorar.
-Lo siento muchísimo, muchísimo. No quería hacerle daño pero... no tengo más opciones.

Tardaría algún tiempo más en arrancarle la verdad, cuando dos meses después de aquella escena, supiera que se marchaba a Italia. Fue la única vez que hablaron y no lo volverían a hacer hasta pasado otro mes. Leo por vergüenza y rencor y Damián porque era incapaz de mirarlo a la cara... y de estar cerca de ella.

-Se lo contarás todo ¿no?
Ya iban de camino al hotel, con un paso muy tranquilo y casi silencioso. Leo sabía que él estaba meditando muy bien cómo se lo iba a contar sin causarle más dolor del que ya había padecido.
-No tengo muchas opciones.
-Para ti nunca hay opciones-respondió gruñendo-y si realmente no encuentras salidas ¡constrúyelas! Eres un artista, nada debería ser imposible para ti.
-Tú lo has dicho, debería-Leo resopló malhumorado. Todavía le pegaba.
-Piénsalo muy bien, es lo único que te pido.
En la entrada del hotel, le pidió a Damián que lo esperara mientras convencía a Cata de que bajara a hablar con él. Fue algo que requirió su tiempo porque la chica estaba en pijama, tumbada en la cama, no dormida pero sí totalmente ausente. Su cuerpo estaba allí pero su mente tardó en percatarse de la llegada de su amigo. No lloraba pero tenía la cara tan hinchada que es que ya no le quedarían lágrimas que derramar. Lo que tampoco sabía era que le quedasen después de todo lo pasado pero se había expuesto a demasiadas vivencias en tan poco tiempo, después de todo el que invirtió en olvidarle, en formar una prisión en su corazón, en un laberinto que ningún otro sentimiento fuera capaz de superar. Recordar tan bruscamente tantas cosas y la confesión de Damián... la debían de tener totalmente descolocada.
-Te está esperando abajo-tardó mucho en contestar.
-¿Para qué?-estaba ronca.
-Tiene mucho que explicarte.
-¿El qué? ¿qué tiene que explicarme que no hizo en su día? ¿qué es eso qu...?
-Muchísimas cosas, Catalina-la cogió de los hombros con cierta fuerza porque sus ojos anunciaban otra tormenta, esta vez de ira contenida-todas las que no fue capaz de decirte hace año y medio-solo fue consciente del efecto de sus palabras hasta que vio el cambio de expresión de Cata.
-Tú... lo sabías-no tenía caso seguir mintiendo por lo que acabó contándole todo, siendo lo más breve y conciso que supo y omitiendo algunos detalles, como su paliza.
-Prefiero que sea él quién te lo explique todo puesto que es algo que sólo os incumbe a vosotros dos-la abrazó al notar la expresión de tristeza dolorosa que no la abandonaba-sé que va a ser muy difícil pero es hora de que lo aclaréis todo.

Él también había estado muy ausente, pensando en todo aquello y no sabía decir cuánto tardó Cata en aparecer frente a él. También, desde que estudiaba en la academia, se había ido acostumbrando a no tener tan en consideración el paso del tiempo. Así que, si no hubiera tenido la mente tan ocupada, de igual manera habría ignorado el paso de los minutos.
Lo primero que hizo fue abrazarla con fuerza y darle un beso en la mejilla, tras lo cual decidió llevársela a Plaza Nabonna, cogiendo el metro para llegar más rápido y que el silencio con el que simplemente disfrutaban de la mutua compañía, no se convirtiera en incomodidad. Allí la invitó a una cafetería cercana con vistas a la plaza.
-Suelo venir aquí a relajarme cuando estoy cansado de estar en el taller.
-Es difícil no relajarse en una ciudad tan bonita-Damián rió.
-Tienes razón, es difícil-otro silencio y llegan el té y el capuchino.
-Me habría gustado compartir todo esto contigo- Damián tragó saliva y aguantó la mirada cristalina y sincera de Cata.
-No era posible.
-¿Por qué no? ¿qué nos impedía estar juntos si estábamos enamorados?-a Cata ya se le quebró la voz de la emoción-¿por qué me mentiste?-el chico volvió a cerrar los ojos tal y como había hecho cuando le confesó sus verdaderos sentimientos.
-Porque prefería que me odiases antes que lanzarte a una espera larga e incierta. Sin la certeza de saber si llegaría a buen puerto o no.
-¿Sólo porque te venías a Roma?
-Porque era lo mejor para ti-Cata abrió la boca para responder pero se quedó sin saber qué decir.
-¿De qué estás hablando?
-De mi posición en la universidad y de la tuya... y de que alguien dejó caer lo nuestro... en el departamento-Cata volvió a abrir la boca pero esta vez sí que no salió ninguna pregunta a duras penas al cabo de un rato por lo que él siguió explicándole al fin lo que siempre había deseado decirle.
-Yo siempre te he amado y lo sigo haciendo a pesar del tiempo y de la distancia. Pero la situación se torció poco después de que te tomara los dibujos en mi casa.
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-No me lo dijo de forma clara y directa en ningún momento pero entendí perfectamente que podría tener muchos problemas si seguía manteniendo una relación contigo. Tanto yo, como tú, como mi madre...-Damián dejó las palabras en el aire, esperando a que Cata dijera algo pero parecía estar procesando la información. Cuando creía que no iba a comentar nada, abrió la boca para proseguir, ella opinó al fin:
-¿Me estás diciendo... que me mentiste por evitarte problemas?
-Para evitártelos a ti-Cata contuvo las ganas de resoplar, incrédula-sabes bien que en esa situación ni yo, ni mi madre tendríamos problemas. Yo me iba y mi madre, ya está curtida en estos problemas. Pero tú te quedabas sola.
-Me las podría haber apañado...
-Lo sé, pero eso no quita que me preocupase y ser culpable de tus males durante toda tu carrera... no me lo perdonaría nunca-levantó una mano para que Cata lo dejase terminar-tú no sabes lo rápido que corren los rumores en la universidad y el daño que pueden hacer. Habrías sido la chica del becario para todo el mundo, profesores y compañeros de clase.
-Creo que lo habría superado sin problemas... si eso significaba estar a tu lado-lo que quedaba de café en la taza, se había enfriado, como la expresión de ella.
-¿En la distancia? ¿Sin tenerme a tu lado para apoyarte? ¿para abrazarte cuando tuvieras un día complicado? ¿para darte palabras de aliento?-la chica se quedó meditando en aquello-una relación a distancia siempre es difícil y la posibilidad de que se te complicaría tu vida universitaria... fue superior a mí.
-Y tomaste una decisión... por los dos-le recriminó Cata con amargura-jugaste con mis sentimientos, me rechazaste y además, te fuiste.
-Algo por lo que Leo me dio una buena...-dijo tocándose el lugar donde fue golpeado por su amigo-...y creo que nunca me terminara de perdonar, por haberte hecho daño de igual manera. Él habría preferido que te lo hubiera explicado desde el principio todo.
-Por lo menos habría entendido tantas cosas que vi en ti. Habría entendido que no estaba loca y que todo había sido fruto de mi imaginación de enamorada. Y que tus intenciones, en el fondo, eran buenas.
********

Cata parecía otra desde que volvieron de Roma. Seguía igual que siempre, con su sonrisa de oreja a oreja y feliz, disfrutando de la vida y de lo que hacía. Pero se notaba que se había quitado un peso de encima. Y sabía que a Damián le ocurría igual, después de haber dicho por fin, todo lo que sentía.

Sin embargo, a pesar de que le contó toda la conversación mantenida en la cafetería, no le quedó claro que sería de ellos. Si empezarían una relación. Si Cata se iría a Roma a terminar la carrera y estar con él... ¿o qué? Quería verla feliz de una vez después de todo lo que había pasado.

Al fin y al cabo... él era demasiado cobarde para hacerlo y tomar el puesto de Damián en su corazón.



Hace ya tiempo que no publico un relato corto y este en concreto, lo tenía por acabado desde hace muchísimo tiempo: el último relato escrito en Roma... o más bien, ideado allí, puesto que no llegué a empezarlo. Ya lo hice estando aquí pero por muy diferentes motivos, no lo llegaba nunca a terminar o nunca me convencía. De hecho, sigue sin terminar de convencerme pero quería darle al menos un final porque sabía que podía dárselo y merecía la pena. Hay otros, que sencillamente son historias, escritos, que tienen demasiado de mí y me sirven para organizar sentimientos propios, ideas. Y a veces, esas historias, una vez han cumplido su función... a veces no merecen la pena terminar. Ya sea porque llegan a un sinsentido o porque por mucho que me distancie de la historia, para intentar darle forma, no lo consigo. De esos, tengo una o dos historias, que con el tiempo sabré, si las puedo terminar o no. 

Esta no era el caso, sobretodo desde el momento en que conseguí darle un título.

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