lunes, 13 de abril de 2009

Flavio y Ruth

-Lo siento
Se oía una respiración agitada tras la puerta blanca, después un gemido contenido y por último un resoplido. Segundos después comienza a caer agua y pasado un rato, se abrió la puerta.
El chico salió con una toalla como única prenda atada a la cintura
-Quien lo siente soy yo-le dijo a la chica que estaba echada sobre su cama. Ella estaba en sujetador, llevando los vaqueros sin abrochar algunos centímetros por debajo de su cintura.
Él se sentó al borde del lecho y esperó a que la joven se ajustase el pantalón, se echara la camisa por los hombros y se sentase a su lado.
-La culpa es mía, he sido yo quién ha provocado, Flavio-como toda respuesta, el chico le besó la frente.
-Tú no tienes la culpa, tú misma me dijiste que no querías nada más y yo me he entusiasmado “demasiado”-tenía cierta amargura en la voz y culpabilidad.
-Aún así... sé que no te gusta desahogarte así.
-Es cierto, pero ya te he dicho que la culpa es mía, me lo he buscado.
Se levantó y se puso a vestirse. Mientras, siguió hablando.
-Ya sabes Ruth que me gustan muchísimo las mujeres... y a veces me cuesta controlar. Más contigo, que eres la mujer con la que siempre he disfrutado... y más que con ninguna otra. Y hasta hace pocos meses, tú pensabas igual.
-Sí, lo sé...
-Sí, ahora es distinto.
Flavio buscaba su mirada pero ella se interesaba más por sus sábanas, esas en las que se habían enredado durante mañanas o noches enteras.

Ruth y él se conocieron en Madrid cuando ella trabajaba a media jornada en una cafetería. No se puede hablar de flechazo porque ahora saben que nunca de enamoraron. Sin embargo se atrajeron fuertemente y en la segunda noche que se vieron, la pasaron juntos.
Lo suyo duró el tiempo que Flavio pasó en Madrid y comenzó como algo parecido a una relación. La distancia la acabó condenando al olvido... o a una amistad con sexo.
Debido a su trabajo, Flavio viajaba por toda Europa. Se había criado en Nápoles y tenía su vivienda establecida en París. Cada vez que pasaba por España iba a ver a Ruth. Hablaban y compartían experiencia además de cama. Ellos nunca habían concebido una relación duradera y estable.

Una vez vestido, se sentó de nuevo en la cama. Ruth estaba tumbada boca arriba, con la cabeza junto a las piernas del chico, que le empezó a acariciar el largo pelo rizado.
-Sé que estás aquí por el mismo motivo por el que fuiste a buscarme a París.
-Flavio, no es lo que estás pensando...
-Sí lo es Ruth... sí lo es. Sé sincera, dime por qué vienes a buscarme además de buscar sexo... o simplemente caricias.-Ruth cerró los ojos pensando unos segundos.
-Siempre me has comprendido cuando te he contado mis problemas-seguía con los ojos cerrados, mientras Flavio le pasaba un dedo, acariciándola desde la frente.
-Y siempre has venido huyendo de ellos y de tu dolor.
Flavio siguió pasando su dedo, recreándose en sus mejillas y al llegar a la boca, una lágrima le alcanzó y rodó hasta la colcha. Tras parar uno segundos bajó por su cuello y al llegar a su pecho apartó la mano para posarle suavemente en su frente.
-Ruth, sé que tu cabeza dice que no pero-y volvió a su pecho, donde posó su mano, procurando que la chica sintiese sus cinco dedos-sabes que tú corazón pertenece y pertenecerá a ella.
El efecto fue inmediato y Ruth comenzó a llorar desconsoladamente. Pasó gran parte de la tarde y de la noche abrazada a Flavio.

Media hora después de tranquilizarse, Flavio preparó la cena, algo ligero, y comieron sobre la cama.
-Digas lo que digas, siento que entregué mi corazón y sus llaves las tiraron al mar-dijo Ruth de repente, con la voz tomada.
-¿Por qué lo dices? ¿Por lo que dicen de que está con su mejor amigo? ¿Porque crees que te está tomando el pelo?
-Son muchos obstáculos más
-Ruth-dejó los cubiertos en el plato, con comida en el tenedor y el plato sobre sus piernas-hay cosas que no se piensan, se hacen. Es justo lo que necesitas. Olvídate de los obstáculos que crees que tienes, del que dirán o de lo que dicen, de la situación y sólo siente
Ruth también dejó de comer y lo miró con sorpresa
-Me resulta extraño que tú me digas eso-Flavio sonrió con picardía.
-Todo el mundo cambia, no sólo tú, y con la clase de vida que llevo, lo raro sería que no empezara a sentir calor aquí-volvió a posar su mano en su pecho-lo que ocurre es que no tuve tanta suerte.

No parecía estar afectado en absoluto y Ruth se preguntó si no le estaría tomando el pelo. Sin embargo era otro Flavio el que tenía delante, diferente al que encontró la última vez en París y a la vez diferentes al de siempre. Ahora que lo pensaba había conocido tres caras diferentes de Flavio y sobretodo, la más amarga.

Ella lo llamó antes de ir y se aseguró que estaría allí unos días. Estaba de baja y no tendría problemas para recibirla.
Fue la última vez que hicieron el amor, desde que ella entró por la puerta y dejó la maleta. Fue la última y la más salvaje y ahora Ruth imaginaba que fue la ocasión en la que él estaba pasando un mal momento. Ambos necesitaban lo mismo.
Tras ese momento, dejaron de tener relaciones a partir de aquel día en adelante. Apenas caricias y besos pero nada más. Era lo único que ella empezó a necesitar realmente, para dejar de sentir ese dolor tan profundo que le llevó a París.

Le contó todo: cómo y cuándo la conoció, cómo se había enamorado de ella y por qué estaba allí. Él la consoló como pudo, porque notó que no estaba como siempre pero si estaba deprimido no se le notó y mucho menos se imaginó un motivo como aquel.

El Flavio de ahora era algo diferente. Seguía siendo el mujeriego de siempre pues ese día la recibió también muy efusivo pero fue más dulce. Parecía que sabía desde un principio por qué estaba allí y qué necesitaba.
Mientras ella estaba en su mundo él había recogido los platos y los cubiertos
-Te dije que la conocí ¿verdad? La última vez que fui a España-Ruth asintió-y te dije que la vi muy buena chica.
-¿A dónde quieres llegar con eso?
-No sé Ruth, yo no la conozco mucho pero por lo que me has contado a veces... a mi me parece que siempre te ha buscado.
-No lo creo, sólo ha intentado ser amable...-Flavio pusó sus manos sobre sus hombros.
-Siente Ruth. Si tú sientes que ha habido alguna intención (buena) más allá que de ser amable, es que es así.

No hablaron más esa noche del tema pues cada vez que lo sacaban terminaba con Ruth llorando o a punto de hacerlo. Sólo durante la mañana en la que ella volvía a España, se tocó de nuevo.
-¿Crees que debería luchar por ella?
-Deberías darte una oportunidad a ti misma y a ella. Tú fuiste la primera que la buscó pero crees que encontraste un abismo y que era una locura.
-Y lo sigo creyendo
-El amor es una locura en sí misma, que se escapa de la lógica y da lecciones a personas como nosotros-Ruth agachó la cabeza.
-Yo me siento apaleada más que aleccionada-Flavio le besó la mejilla.
-En serio mi niña, lucha por ella. Por conseguir conquistarte como nadie ha sabido. Tal vez descubras que es ella la que ha emprendido el mismo camino que tú hace meses. O que lo habéis tomado a la vez y no os habéis visto aún en él.
Se despidieron con un abrazo y lo último que oiría de él sería
-Recuerda lo que siempre te dije: brilla la misma luna para todos.

Algún tiempo después, cuando Ruth comprobó que tenía toda la razón del mundo, lo llamó... y le contestó una chica que le dijo que murió de cáncer meses atrás. Poco después de que Ruth volviera.

29-03-09 1:36 horas
Roma

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