sábado, 25 de abril de 2009

Ambición de la tormenta

Ya hace un tiempo que publiqué este relato corto, pero por distintos motivos lo quité,así que es posible que os suene. Está repasado y corregido y sigo teniendolo bajo la misma licencia Creative Commons. Quien haga alguna obra derivada me gustaría que me lo comunicara por correo o al menos en los comentarios ;)


Y ahí estaba, tan bella como siempre, a pesar de la lluvia torrencial que estaba cayendo, a pesar de estar empapada y calada hasta los huesos y a pesar de que su bello rostro estaba devastado por la mala racha por la que había pasado durante los últimos meses.
Y ahí estaba, apuntándome con esa pistola, (la cual aún me preguntaba de dónde la había sacado) temblando de los pies a la cabeza, por el frío y por el miedo. Sus ojos brillaban como siempre, de una forma especial aunque estaba segura de que brillaba por la determinación, de la decisión que había tomado. Es en momentos como ese, cuando el ser humano reflexiona sobre la vida.

Lo recordaba como si fuera ayer, el día que la conocí, a los pocos días de comenzar la facultad. Era difícil no fijarse en ella porque era hermosa y sus ojos eran preciosos, llamaban mucho la atención.
Se sentó a mi lado aquel día, era por la mañana temprano y quedaba mucho para la siguiente clase. Y en apenas unos minutos nos sentimos como si nos conociéramos de siempre. Conectamos enseguida pues teníamos muchísimas cosas en común. Desde ese instante nos fuimos volviendo inseparables y era difícil no vernos juntas.
Era ya una chica especial, toda una artista, una persona de gran creatividad, culta y muy inteligente. Hacía de todo, desde escribir y hacer cortos, hasta aparecer eventualmente en la televisión (en canales locales) o participar en programas de radio. Tenía, en resumen, una vida muy activa.

A pesar de ser tan diferente de mí, me fue robando poco a poco el corazón casi sin que me diera cuenta. A esas alturas ya había tenido mis roces con otras chicas e incluso una relación relativamente seria pero... con ella fue completamente diferente.
Por un lado, sabía donde me metía, sabía que nuestras vidas eran cercanas y distantes a la vez, sabía muy bien que sólo me apreciaba como amiga. Me gustaba mucho pero me prohibí a mí misma darle alas a ese sentimiento.
Con todo, no pude evitarlo por mucho empeño que le puse ¿o tal vez no fue así? Supongo que en cuanto vi que la atracción era tan grande que por mucho que me esforzarse, acababa arrastrada por ella, dejé de esforzarme por no enamorarme perdidamente de sus ojos, de sus labios, de su cuerpo, de su voz...
Se convirtió en ese amor que toda persona humana tiene, un amor imposible, un objeto de deseo profundo e inalcanzable. Como una flor bellísima, con millones de espinas que se nos clavan cada vez más y más profundo, envenenándonos, pero que ingenuos de nosotros, seguimos cuidando, regando con la sangre que brota de nuestras heridas, movidos por una esperanza oscura y ciega.

Pasé así mucho tiempo, unos cuantos años, llegando a compartir piso con ella en nuestro cuarto año de carrera. Un paraíso y un infierno en pocos metros cuadrados. Sabía donde me metía pero fui lo suficientemente estúpida para aceptar, firmando así mi sentencia.
Ya estaba acostumbrada verla con chicos, con aquellos que conocía en fiestas, en discotecas, algún compañero de clase o de trabajo... daba igual, siempre tenía un ligue. Y ella verme a mí llevar el mismo camino que ella, de relaciones cada vez más esporádicas, en un intento de olvidarla a ella, de llenar un vacío que amenazaba con devorarme. Llegamos a tal punto que tuvimos que organizar un “calendario” para que la una dejase la casa a la otra para traer sus ligues y se fuese a casa de los padres o de alguna amiga.
Al principio, cuando me tocaba a mí quedarme en el piso, me olvidaba de Victoria y de lo que pudiera estar haciendo. Cuando era a ella a quien le tocaba y me iba a casa de mis padres, me llevaban los demonios.

En medio de ese tira y afloja, del que mis mejores amigos me pedían salir, de que me despejara un poco y no pensara tanto en ella... apareció él. Un chico de esos que quitan el hipo y de los que Victoria estaba harta de traer a casa, se convirtió de amante ocasional en compañero de piso de la noche a la mañana. Sólo le había visto en una ocasión, en los primeros meses de convivencia, desayunando con Victoria con unos bóxer como única prenda. Estampa a la que estaba acostumbrada y que a partir de aquel día, vería con muchísima frecuencia, marcando el desbarajuste de nuestras vidas y de nuestra amistad.

Imagino que ya era muy difícil ocultar que la presencia de Carlos en aquella casa, me cambiaba el humor. Tenía que tragar porque necesitábamos un compañero más de piso para afrontar los gastos pero nunca pensé en un chico y mucho menos el novio de Victoria (aunque siendo ella una de las compañeras, lo contrario sería más extraño). Trataba lo justo y necesario con él y como decía, no pasó desapercibido para mi amiga. Ni mi humor, ni mi salud, que empezaba a deteriorarse poco a poco, adelgazando bastante y mostrando un aspecto cada vez más desmejorado. Intenté por todos los medios disimularlo pero me fue imposible, como muchas cosas que intentaba en los últimos años desde que la conocía.
-Gema, te tendrías que relajar más. No sé, dejar un tiempo el trabajo, tomarte con más calma la carrera y no cargarte con tantas asignaturas. No sé... algo... ¿Gema?
Aquella mañana que hablábamos, no estaba Carlos en casa y desayunábamos solas. Yo estaba perdida en algún punto inexacto de la cocina y ella me miraba con fijeza. Sólo hasta que no me llamó a la segunda vez, no volví de mi ensimismamiento.
-No tendrías que preocuparte tanto-le dije con una media sonrisa.
-Me preocupo porque quiero, tonta-no sonrío, su semblante cambió a un gesto más serio, incluso severo-¿qué es lo que te pasa?-hizo una pausa intencionada-¿alguna chica tiene que ver con tu cambio?
La cuchara llena de cereales estuvo a punto de caer al cuenco pero sí chorreó algo de leche al mantel. Me puse rígida y mi cara debió de delatarme, como mi silencio, incapaz de pronunciar nada. Victoria suspiró.
-Sí ¿verdad?-cogió la mano que tenía sujetando el cuenco-¿sabes que puedes contarme todo, verdad?
-Sabes que sí-contesté mirando la mano que sujetaba a la mía en medio de las dos. Sonríe.
-Entonces, no te cortes en contarme todo sobre esa chica. Últimamente se te nota muy demacrada... parece que lo estés pasando mal.
Aquellas palabras y su forma de decirlo, me provocaron un nudo en la garganta y que mis lágrimas amenazaran con salir... al igual que mis palabras. Ésas que le dijeran que la chica que me estaba causando todo ese sufrimiento era ella, que la chica que me desvelaba todas y cada una de mis noches desde que la conocía, era ella, que la chica por la que suspiraba, lloraba y reía, era ella, que la chica con la que quería levantarme cada mañana y embriagarme con su olor a melocotón...era ella.
Jamás, como aquel día, sentiría unos deseos tan profundos como aquellos, de confesarle absolutamente todo, de dejar de ser tan cobarde e incapaz de decirle que la amaba. Pero no... no era el momento ni el lugar. Apreté los dientes con disimulo y después, algo más relajada, seguí comiendo cereales. Al menos para ganar tiempo para buscar otra respuesta, que Victoria esperaba paciente. Como no llegaba, decidió formular otra pregunta más directa.
-¿Conozco a la chica?-tragué con dificultad. El problema estaba en que no me había planteado nunca aquella situación y me pillaba indefensa.
Por una vez, celebré que Carlos nos interrumpiera. Abrió la puerta escandalosamente, presuroso. Cerró de un portazo y entró como un ciclón a la cocina.
-Cariño, pensaba que no llegabas hasta mediodía...
-Sí, pero no podía esperar hasta la hora de comer para contarte esto-se fueron al salón, Victoria con su desayuno para terminarlo, mientras yo preferí quedarme en la cocina. Desde ahí escuchaba perfectamente una propuesta que cambiaría definitivamente todo.
-Me han dicho que quieren hacerte una prueba de casting para una serie que ruedan dentro de poco-Carlos fue al grano. Oí que Victoria jadeaba.
-¿De verdad?-preguntó incrédula
-¡Sí! Les hace falta algunos actores y les dije que te conocía, que habías hecho algunos cortos. Y lo que buscan es gente joven que quiera empezar con algo nuevo... como tú.

Aunque no la veía, me imaginaba la cara de ilusión que tendría Victoria porque si algo le gustaba por encima de todas las cosas, era actuar. Lo que no sabía era que tenía tantas ambiciones en ese sentido...
-Bien, entonces ¿dónde es el casting?
Carlos le indicó la dirección del lugar y la hora, yéndose después de vuelta a su trabajo. Cuando Victoria entró a la cocina yo ya terminaba de lavar todo. Me explicó de nuevo todo y con un beso en la mejilla, me dijo que no iría a clase.

La serie sería emitida por el canal autonómico y para sorpresa mía, Victoria fue escogida para formar parte del elenco para uno de los personajes secundarios. Su nueva vida resultó todo un cambio radical para nuestra convivencia y nuestra amistad. No dejó la carrera, sino que compaginaba los rodajes con los estudios pero a cambio, apenas la veía por la noche a la hora de cenar y si es que cenaba en casa. Carlos solía acompañarla, cosa que agradecía. Al principio me gustaba esa soledad que me acompañaría por mucho tiempo. Con el tiempo, la ausencia continua de Victoria en la casa no sería más que otra espina más en mi corazón.
Ella se preocupaba muchísimo por mí, hacía todo lo posible para paliar esa ausencia pero yo, que la veía tan feliz, sólo hacía evitar que se parara a pensar en mí y la ayudaba en su trabajo.

A dos meses de comenzar los exámenes finales de cuarto de carrera, se estrenó la serie, con éxito de audiencia. Eso significaba que seguirían rodando más capítulos y que Victoria seguiría cumpliendo su sueño de ser actriz. Tenía un talento innato y eso gustaba pero me dejó caer alguna que otra vez, que tal vez tuviera que hacer Arte Dramático y prepararse más. Yo prefería no pensar en ello.
Ya llevaba entonces casi un mes de descanso y después de los exámenes era cuando retomarían el rodaje de la serie. Carlos también estaba feliz por el éxito de su chica pero no me imaginaba que aquello era pura fachada. Algo había cambiado en ellos desde el momento en que Carlos se había convertido más en representante de Victoria que en su novio, pero tenía tan metida en la cabeza la idea de que su relación se afianzaba cada día más, que todo me sorprendió, cogiéndome tan descolocada que no supe reaccionar debidamente.

Me empecé a dar cuenta de ese cambio en la relación de ellos dos cuando un buen día, a principios de agosto, Carlos y sus pertenencias, desaparecieron de la misma manera que aparecieron. Él no terminaría aún de desaparecer porque seguiría yendo de vez en cuando a casa, ya fuera para hablar o para acabar en la cama. Pero aquello volvió a sus orígenes, a una relación consistente en compartir cama. Hasta que una noche, Victoria volvió de madrugada llorando desconsoladamente. El reloj de mi habitación marcaba las cuatro y media cuando la oí abrir la puerta escandalosamente, cerrarla de un sonoro portazo y dejarse caer en el sofá.
-¿Victoria?-en ese momento sonó un trueno tremendo que ahogó por segundos el llanto de mi amiga y amada. Una tormenta seca.
Crucé el pasillo a paso raudo para llegar a donde se encontraba ella a oscuras. Encendí la lámpara pequeña que había en la mesilla junto al sofá y que servía para cuando alguna quisiera leer de noche, antes de irse a dormir. Victoria estaba posiblemente en la misma postura en la que se hallaba cuando llegó, con las piernas en el suelo y echada sobre el sofá, con los brazos sobre su cabeza. Al acercarme me llegó un tufo a alcohol y no fue precisamente un consuelo. Al contrario, ella no solía ser de las de beber y emborracharse a pesar de gustarle tanto salir de juerga. Le toqué suavemente el hombro y tardó en reaccionar. Cuando se volvió hacia mí, sus ojos estaban hinchados, de llorar y de la cogorza que tenía encima. A pesar de eso, sus ojos, que normalmente brillaban igual que el mar iluminado por el sol, ahora eran como agua estancada y sucia. Turbia. Me asusté.
-¿Gema?-preguntó ella ahora, con la voz obviamente tomada. La ayudé a incorporarse y sentarse derecha. Cuando me senté junto a ella, dejó caer su cabeza en mi hombro. Siguió llorando por cerca de una hora, durante la cual me pregunté una y otra vez qué era aquello que la torturaba por dentro hasta el punto de llegar a ese estado. Tras eso, dejó de gemir y derramar lágrimas, para seguir abrazada a mí en silencio. Llegué a pensar que se había dormido y me asustó cuando dijo con voz casi trémula.
-La vida es una mierda. Una se dedica a complacer a los demás, incluso a aquellos a los que odia ¿y de qué sirve? De nada-la así de los hombros y la distancié de mí para mirarla a los ojos. Parecía que habían vuelto un poco a la vida pero seguían teniendo algo que me turbaba. Algo oscuro.
-¿Qué te ha pasado?-no contestó. Intentó ponerse en pie pero no se tenía y volvió a caer de espaldas junto a mí.
-No.........ha pasado........absolutamente.............nada-se esforzó en quedarse de pie y en caminar, dirección a sabe Dios dónde. Si no llega a ser porque iba tras ella, siguiéndola, se hubiera dado un buen porrazo con el suelo o con la puerta del pasillo. Cayó de nuevo en mis brazos, pero ya profundamente dormida. Suspirando, la cogí en brazos y la llevé a la habitación. La arropé y con un beso en la frente, la dejé roncando. Luego, me fui a nuestra diminuta terraza, a terminar de ver lloviznar, sorprendiéndome el sol del amanecer durmiendo sobre la mesilla blanca de mimbre.

Fue la propia Victoria la que me despertó, antes de irse al rodaje, con unas horribles ojeras que no consiguió disimular y un par de aspirinas. Sólo me dio un beso en la mejilla y me hizo la promesa de que hablaríamos en cuanto llegase.
Me pasé el día entre lecturas imposibles y miradas perdidas a la televisión hasta que ella llegó, a la hora de cenar, más temprano de lo habitual. Debió salir incluso mucho antes porque venía cargada de bolsas de la compra. Con una sonrisa, me dijo que esa noche cenaríamos las dos solas y entre ambas, lo preparamos todo.
No recordaba el último día que tuvimos una noche para nosotras, en el que hacíamos algo para nosotras, para disfrutar de nuestra mutua compañía y que nos divirtiésemos tanto. Eso sí, preparamos un banquete para cinco personas de la de comida que hicimos, pero algo me decía que la velada podía ser larga.

Al terminar el segundo plato, dejamos de hablar de temas triviales y Victoria fue al grano.
-Quería pedirte perdón por lo de anoche-dijo afligida-no debía haber regresado a casa y haberme quedado con ese imbécil.
-¿Carlos?-su mirada lo dijo todo-¿qué es lo que te pasó? Si puedo saberlo...
Tras unos instantes de silencio, mientras apuraba la copa donde bebía el buen vino que había comprado para aquella ocasión, me contó que Carlos había disfrutado mucho con eso de que fuera la actriz más joven del elenco y al parecer, la que más famosa se estaba haciendo (cosa que ignoraba porque dejé de ver la serie). Lejos de ayudarla, la empezó a presionar, diciéndole qué tenía o qué no tenía que hacer, qué vida llevar o cuál no.
-Empezó a manipular todos los aspectos de mi vida hasta que dije basta. Por eso lo eché de casa. Aún así continuamos viéndonos... hasta ayer-le fue cambiando la mirada conforme iba hablando y volvió ese vacío a sus ojos, esa oscuridad que turbaba.
-¿Qué hizo ayer?-le pregunté casi temerosa, porque debió ser algo horrible.
Cogió aire y me dijo que lo último de lo que intentaba convencerla Carlos, era que pidiera un aumento de sueldo. Cualquier persona en su sano juicio, no pediría aquello y ella se lo dijo, pero insistió mucho.
-Creía que le había quedado clarito... ayer tarde me quedó claro a mí que había tomado cartas en el asunto, por cuenta propia. Lo encontré de casualidad en su casa...-dejó de hablar para volver a tomar aire con dificultad-con una de las guionistas del equipo... en la cama.
Me quedé boquiabierta. Sería porque era una ingenua pero no me imaginaba a Carlos llegando a ese extremo, el de pasarse por la piedra a una guionista y supuse que para conseguirle a Victoria el dichoso aumento. Ella prosiguió su relato, sin mirarme a los ojos.
-Había ido de improviso y no me esperaba allí. En cuanto la chica esta se fue, me lo intentó explicar de todas las maneras posibles pero yo no podía creerle, me era imposible. Ya el que me hubiera engañado con otra, me dejó sin respiración... pero lo hubiera soportado más si no hubiera sido que solo la quería... para conseguirme un maldito aumento de sueldo que no deseaba.
Cogió aire una vez más y yo tragué saliva, porque poco a poco se volvía más frágil y en cualquier momento se podría derrumbar.
-A pesar de todo, en ese momento, logré montar en cólera y decirle que no quería volverlo a ver en mi vida. Llegó a amenazarme con que mi carrera se arruinaría si lo dejaba, que yo no valía ni la cuarta parte de lo que ganaba y que no me merecía lo que estaba haciendo él por mí-algunas lágrimas empezaron a descender por sus mejillas. Le cogí la mano suavemente.
-Si no quieres seguir, no sigas-ella negó con la cabeza, dando a entender que podía seguir.
-Me dijo muchas cosas horribles antes de que me fuera cerrando la puerta de un golpe que casi la hago caer de sus goznes. Pensaba que no me afectaría nada de lo que me dijo...
-Pero sí te afectó-dije pensando en el estado en que llegó casi veinticuatro horas antes.
-Muchísimo. Y no tuve otra idea que irme a cualquier bar de mala muerte... a beber. Nada fuerte pero bebí demasiado y se me subió pronto a la cabeza.
Se hizo un silencio tenso, momento que ella aprovechó para servirnos el siguiente plato que teníamos, pero a mí se me había quitado el apetito con todo lo que me había contado. Parecía que conforme lo iba contando, se iba quedando más tranquila, pero tenía la sensación de que se quedaba algo por dentro, algo de lo que aquel animal le había dicho.
-Deberías haberte venido directa a casa, Vicky-a quien se le empezaba a subir un poquito el alcohol a la cabeza, era a mí esa noche-sabes que cuentas conmigo para todo.
-Lo sé Gema, fui muy estúpida... soy una estúpida.
-No, no lo eres...
-Sí, lo soy, una estúpida y una imbécil que no valgo...
Antes de que repitiera aquella maldita frase hice lo que en todos aquellos años jamás hice, a pesar de que lo deseaba: besarla. No la besé con avidez, ni con deseo. Simplemente con ternura, un breve roce de mis labios con los suyos, sin esperar ninguna reacción por su parte, ni correspondencia, ni rechazo. No me importaba, aquella noche no. Y realmente no la hubo porque en cuanto me retiré a mi sitio, estaba totalmente desconcertada. Como vi que no reaccionaba, pensé que lo mejor era disculparse.
-Lo siento, no debería haber...
-Shh...-posó un dedo sobre mis labios. Estuvo un buen rato acariciándolos con una mirada que jamás le había visto, ni siquiera miró así a Carlos, no cuando yo estuve presente.

Al igual que no se me pasaron nunca por la cabeza, otras muchas cosas, aquella fue la que menos me imaginaba que acabaría pasando de verdad. Mentiría si dijese que jamás me la había imaginado completamente desnuda, junto a mi cuerpo, suspirando por cada uno de mis besos y mis caricias. Pero eran mis sueños de locura y de soledad. Y ninguno se acercó ni se acercaría jamás a lo que fue aquella noche.

Las palabras perdieron todo su valor.. Más que las palabras valieron los hechos: las caricias, los besos, los abrazos, sus lágrimas y el mutuo deseo de estar así por siempre. Quería borrar de mi cabeza el presentimiento de que de ese momento no iba a salir nada bueno y quería creer que era todo tan bello como me pareció. Sólo me importaba hacerle sentir a través de mis manos lo mucho que la amaba, todo aquello que me costó todos esos años expresarle en palabras, en dos malditas palabras. Sólo hasta que no amanecí sola, en mi habitación, con todo revuelto y sin las cosas de Victoria no empecé a pensar en ese presentimiento.

No dejó nada y se fue. Se llevó todo. Su ropa, sus libros, sus apuntes, sus fotos... y mi alma rota. Se le olvidó su perfume en mi piel, cicatrices que jamás cerrarían del todo. Y mi cama, lugar del que tardaría borrarla. La única explicación de aquella huida repentina, estaba en una nota que simplemente decía: “Te deseo lo mejor”.

Pasé semanas maldiciéndome a mí misma, por atrevida, que quién me manda a mí hacer nada, que si no lo hubiera hecho, habría seguido a mi lado. No me imaginaba ni de lejos el verdadero por qué había abandonado su casa y dejado la carrera, terminándola como estaba
Ni me cogía el móvil, en casa de sus padres tampoco sabían nada (o si sabían no parecía que fuesen a decírmelo) y empezó mi último año de carrera, sin saber nada de Victoria, como si se la hubiera tragado la tierra.
Tuvieron que pasar cinco meses, en los que me convertí en un alma en pena, para volver a saber de ella. Veía la televisión y casualmente, una nueva serie que al parecer había comenzado pegando fuerte y que lo veía todo el país. Y sí... ahí salía Victoria como personaje protagonista.
Casi no me lo creía cuando la vi salir y en poco tiempo supe que se estaba convirtiendo en un fenómeno de masas en Madrid, donde ahora vivía. Tampoco me lo creía al ver que Carlos era realmente su representante.

Supuso todo un duro golpe del que me costó salir, sólo a base de fuerza de voluntad y de recuperar viejas aficiones que se habían perdido con el paso del tiempo, como la fotografía. Saliendo por la ciudad tomando fotos a todo aquello que veía y me gustaba, pude olvidarme de ella, no del todo pero sí aliviar mi dolor por unas horas.
Gracias a esas salidas, a volver a quedar con frecuencia con mis amigos, conocí a la que sería mi nueva compañera de piso, una estudiante de primero de carrera... y la que al final se acabaría convirtiendo en mi pareja. Una chica preciosa, de ojos negros, con la que compartía la afición por la fotografía y un corazón grande, que tuvo la paciencia y el amor de esperar a que yo pudiera volver a empezar.

Siempre tendría presente a Victoria pues habían sido muchos años enamorada de ella y siendo amigas íntimas, habiendo compartido tanto y tantas cosas. También influyó que se convirtiera en actriz revelación. Salía en todo tipo de eventos, por televisión y la serie se emitía en hora de máxima audiencia. Su personaje tenía mucho tirón por el romance que mantenía con el guaperas de la serie y todas las niñas tenían las carpetas minadas de fotografías de los dos.

Pasarían dos años antes de volver a ver a Victoria. Desde que comencé a salir con Isabel, se negó a que viera con frecuencia la televisión y no nos enteramos de que Victoria había desaparecido, junto a sus pertenencias, de la casita que compartía con Carlos. Sólo lo sospeché cuando me llamó por teléfono, un día cerrado de nubes negras como el carbón y rogándome que subiera a la azotea del piso que siempre habíamos compartido

Y allí estaba, tan bella como siempre lo había estado y con la misma cara demacrada de la noche en la que volvió borracha. Le pregunté qué hacía allí, con esa lluvia y con esa pistola, pero por más que insistía, lo único que hizo fue apuntarme con el arma. No sabía si lloraba o no porque el aguacero era tremendo.
-Vicky...tranquilízate... baja esa pistola-negó con la cabeza con brío, por los tembleques.
-Lo siento mucho Gema. Por todo...
Lo siguiente que oí fue un estruendo y un fogonazo blanco a pesar de cerrar los ojos. Había sonado también un relámpago junto al disparo y en cualquier caso, esperaba o que hubiera caído el rayo muy cerca o la bala que nunca llegó. Al abrir los ojos, estaba en el suelo, con una herida abierta en el vientre, por donde se le iba la vida a borbotones. Controlé mi pánico y corrí hacia ella.
Cuando la cogí del suelo estaba tan fría como aquella noche que pasamos juntas y comprendí casi de inmediato que Victoria dejó de pertenecer a nadie desde entonces. Estaba muerta antes de pegarse el tiro. Mientras lloraba, ella pronunció sus últimas palabras, sin ninguna dificultad.
-Siempre te quise.
No se pudo hacer nada por ella. Aunque los servicios médicos llegaron casi de inmediato, murió en mis brazos tras esas palabras, cayendo todavía esa tormenta que después se recordaría como la peor de los últimos siete años.

Tuvo un entierro digno y sencillo, para sus familiares y los amigos de siempre, compañeros de la universidad y amigos de la infancia. Ninguno de los compañeros de rodaje de las dos series acudió y Carlos tampoco hizo acto de presencia. Por lo que supe, desapareció al conocer la noticia de la muerte de Victoria.

Todo cuanto me quedó de ella, además del recuerdo, son unas memorias dirigidas exclusivamente a mí, donde me pide perdón por todo, por abandonarme sin explicaciones para perseguir una ambición que acabó con ella. Porque aunque tuvo fama y dinero, nunca tuvo tanto amor como el que yo le di en una sola noche.



1 de Febrero de 2009




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