martes, 6 de enero de 2009

Una historia sin final

Relato corto incluido en fragmentos:

Tenía ahora más razones para estar nervioso y no dormir bien. Estaba lloviendo mucho y con el agua y la tormenta no había luz en la calle, volviéndola más tétrica, si es que eso era posible. No sabía que hora era, pero calculé que serían cerca de las tres de la mañana. Mis dos compañeros de piso seguían durmiendo plácidamente, cosa que me resultó inusual, porque Óscar detestaba las tormentas y Hugo se despertaba con un suspiro.
Salí de la habitación, busqué algo de beber en la cocina y me fui a la terraza donde me senté a observar la lluvia de caer y a pensar. Sabía que si estaba en una ciudad que no sentía mía, en un piso que se caía a pedazos (al día siguiente ya aparecerían las goteras y más grietas en el techo), ubicado en un barrio donde los narcotraficantes paseaban como Pedro por su casa... la culpa era mía por cobarde, por no tener valor y enfrentarme a los problemas de frente. Aunque si esa noche estuve así era porque por una vez le había echado valor. Todavía no se lo había contado a Curro, pensando que siendo su vecino se enteraría pronto.

¿Quién me iba a decir que el cambio de carrera iba acabar significando tanto para mi? Mi intención era estudiar magisterio y por no recuerdo qué, acabé matriculándome en Filología Inglesa. Y allí volví a ver, al cabo de muchos años, a Raquel, mi amiga de la infancia. Se fue a vivir a Inglaterra, durante unos cuatro o cinco años y desde entonces no sabía nada de ella. La vi en cuanto entré a la primera clase/ presentación que tenía y la reconocí por su ojos, grandes y verdes. Estaba muy guapa, no la recordaba así. Se alegró un montón al reconocerme y en cuanto tuvimos una hora libre, nos fuimos a la cafetería. Como siempre habló por los codos, contándome su vida en Londres, hasta que poco meses antes había regresado. Había estado en una residencia de estudiantes, yendo a un instituto donde hizo muchísimos amigos y colegas, hablaba inglés a la perfección...me contó también que echaba muchísimas cosas de menos, de aquí, como la comida de su madre, nada que ver con la que se preparaba allí (siempre ha sido una chica muy espabilada) o le servían en el comedor del instituto. Otra cosa que había echado de menos había sido el ambiente de aquí de la ciudad. Londres no tiene nada que ver con Málaga, la gente era bien distinta y me había echado de menos a mi y a todos los amigos que dejó aquí. Y por último que en esos últimos meses se ha dado cuenta que las juergas de aquí no tienen nada que envidiar a las de allí. Por supuesto no quedó ahí todo. Gracias a las clases recuperamos nuestra antigua amistad y volvimos a ser inseparables...demasiado, tanto que empezó a costarme caro.
Había pasado todos esos años saliendo con muchas chicas, de rollo de algunos días, de lío de una noche (a veces más de una) o como mucho salía un mes con ellas cuando me creía enamorado. Siempre había sido un mujeriego, nunca me había visto a mi mismo saliendo con una chica, en plan película romántica. Sin embargo, Raquel, sin saberlo, me hizo ver poco a poco la luz.
Sucedió sin darme apenas cuenta, porque la costumbre de tenerla siempre a mi lado, ocultaba mis verdaderos sentimientos hacia ella. Unos sentimientos que salieron a flote cuando no venía a clase. Empecé a echar de menos su sonrisa, las tonterías que me ponía cuando nos pasábamos notitas en las clases en las que nos aburríamos... llevaba tanto tiempo sin enamorarme así de nadie que en un principio lo vi normal. ¡Cuán equivocado estaba! Algo tan simple se fue convirtiendo en mucho más: en deseo. Deseo de tenerla entre mis brazos, de besarla hasta no poder más, de acariciar su pelo cuando apoyaba su cabeza en mi hombro...poder amarla en la noche. Eran sentimientos de cuyo peligro no me dí cuenta hasta que, para empezar, mi ilusión de poder conseguirlo se rompió. Fue una mañana después de una de nuestras clases.

-Toni, ¿tienes algo que hacer esta tarde?-me preguntó con su habitual sonrisa.
-Además de estudiar, nada.
-¡Fantástico! ¿Podrías acompañarme al aeropuerto?
-Sí pero...¿para qué? ¿ya te vas a ir?
-¡No, hombre, no! Es para recoger a Philipps, mi novio-aquellas palabras me dejaron anonadado; noté como un vacío dentro de mi y la cabeza dándome vueltas, como si me hubieran dado un fuerte mazazo en ella
-A-ahh ¿tienes novio? No me habías contado nada pillina.
-Es verdad-contestó sonrojándose.
-Entonces te acompañaré, para conocerlo y ver si es un buen chico.

Hice un esfuerzo muy grande para aparentar indiferencia y que no se notara que me había chocado lo que me acababa de decir. Aparentar interés y serenidad cuando por dentro quería morirme. Llegué ese mismo día a mi casa (a la hora de comer) pensando que había sido un bobo enamorándome de ella, ¿cómo no iba a tener novio si había estado en Londres cuatro largos años? Siendo tan linda persona lo extraño habría sido lo contrario.
Sólo acababa de empezar mi calvario. Hacer el papel de mejor amigo y ver como otro se la lleva y hace suya delante de tus narices. Y no poder hacer nada, para no echarlo a perder todo. Resignarme a olvidarla.

Cuando se lo confesé a Curro, le faltó tiempo para matarme.
-¿¡Y no vas a hacer nada!?¡Tío, que es la primera vez que te enamoras de verdad de una chica!
-¡Ya lo sé Curro! No, no voy a hacer nada-me miró con el ceño fruncido-es Raquel, mi mejor amiga, no una chica cualquiera
-Eso ya lo sé bien, pero yo no la dejaría con ése sin pelear y sin que supiera de lo que soy capaz-tal y como lo dijo sabía que eso para él significaba liarse a guantazos con el individuo en cuestión, no hacerse valer por su inteligencia. A ése no lo cambiaría ni la chica más guapa del mundo.
-De verdad que no Curro. No quiero fastidiarlo todo-no insistió más, con el ceño muy fruncido, enojado porque no soy hombre de acción.
Nada fue fácil, no podía olvidarla y tenía que ver su sonrisa todos los días, la que antes me alegraba el día, ahora me envenenaba, por no poder gritar que la amaba. Llegué a un punto en que me resultaba tan insoportable que tomé una decisión: al año siguiente me iría a Madrid a seguir la carrera. Si no lo hacía así, llegaría a un punto en que no podría más y la perdería como amiga y sería mucho peor. Mis padres se sorprendieron, intentaron persuadirme para que cambiara de idea pero al final lo comprendieron. Curro me dijo de todo en un principio, lo más bonito que me dijo fue “cobarde maricón”; luego se tranquilizó y después de llamarme cabrón me dijo que me echaría de menos.

Despedí a casi todos mi amigos, menos a Raquel. Con ella quería hablar a solas.
-¿En serio? ¿Te vas a Madrid?-me miraba perpleja y triste.
-Sí, ahora soy yo quien toma su camino.
-¡Pero si aquí tienes a todos tus amigos! Me tienes a mi ¿por qué ese cambio repentino?-tuve que ver como los ojos se le llenaban de lágrimas. Me dolía verla así pero...
-Te equivocas...tengo casi todo, me falta lo más importante.
-¿El qué?-por unos segundos quise decirle “tú” pero abrí la boca para decirle algunas palabras más
-El amor que no tendré nunca de una chica.
-¿Una chica? No sabía que estabas enamorado-me dijo sorprendida, ella también conocía mi fama de mujeriego.
-Sí, lo estoy. No te preocupes por mi, estaré bien.
Con muchas lágrimas y un abrazo, la despedí, sin decirle quién era esa chica...

Cayó otro relámpago, haciendo el suficiente ruido para despertar a media ciudad...sin embargo sólo oí el sonoro ronquido de Hugo. Después de casi un año allí, pensando en ella a todas horas y hablando con ella todos los días, tanto por teléfono, como por el msn...la mañana de aquel día tan tormentoso, quise calmar mi sufrir. Le eché valor y le escribí un mail diciéndole quien era la chica que me quitaba el sueño desde hace tiempo.
Escribir sobre mis sentimientos, nunca había sido mi fuerte, sólo me dediqué a describir cómo me sentía a su lado. Siendo sincero, sin necesidad de recurrir a poesías. Luego me quedaba esperar. Lo único que tenía que perder era su amistad, pues, si algo había aprendido durante mi estancia en Madrid, era que nada era imposible y que con un poco de suerte ocurriría todo lo contrario, que nuestra amistad se hiciese más fuerte. El rechazo para mí, no era lo que más me atemorizaba.
Pasaron algunos días sin tener noticias de nadie por culpa del apagón que sufrimos a causa del temporal. Cinco días después, alguien llamó a la puerta de nuestro piso a las ocho de la mañana. Hugo y Óscar protestaron, habían pasado una noche catatónica que venía con premio: una resaca memorable. A mi pesar, ninguno se movió y me tocó levantarme para abrir. Me quedé petrificado
-¡Hola Toni! ¡Cuánto tiempo sin verte!
Con una maleta de viaje pequeña, muy abrigada por el frío que caía sobre Madrid y sonriente, me observaba desde la puerta con sus preciosos ojos verdes.

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